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Facebook: Marina García Gómez
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19 sept. 2010

cap 4


4

No había imágenes, ni olores, ni sonidos ambientales. Solo aquella canción me volvió a acompañar como otras tanta veces.

“La luna te tiene presa.
Mi bebé duérmete ya
Y tendrás algo que ella querrá.
La luna me sube al cielo con ella,
Allí me encontrarás.
Mi bebé duérmete ya y a los
Pájaros escucharás.
El mar de fondo y te quiere,
Algún día lo tendrás.
Cuando llegue tu voz
Me llevara.
Mi bebé duérmete ya
Y las nubes surcaras.
Mi pobre ángel, mi princesita
Duérmete, duérmete ya.”

Aquella triste canción de cuna que me acompañaba desde que era tan solo una niña. No recordaba haberla oído, no recordaba que me la hubiesen cantado. Pero por las noches la canción sonaba en mi cabeza como si una mujer la cantase para que durmiera. Una voz tan dulce y suave como la coca. Tan familiar para mi como la voz de mi propia madre.

El sueño me abandonó, se fue el fondo blanco y la canción junto con aquella voz. Los ruidos de una casa vinieron a mí. Y pronto los olores de un desayuno. Cuando abrí los ojos Silvia y Laura estaban en mi cuarto. Lo que primero vi fueron sus maravillosas cabelleras rubias. Por lo demás no se parecían en nada. Laura tenía los ojos verdes de los sidazes y Silvia unos precios ojos color chocolate. Laura tenía un cuerpo lleno de curvas perfectas y era baja. Mientras que Silvia era alta y flaca. Sus piernas eran larguísimas y pecosas. Las dos estaban haciendo una maleta. Mi maleta concretamente.

-         buenos días bella durmiente.- Silvia parecía verdaderamente contenta.
-         ¿se sabe algo de Marina?- su sonrisa desapareció en el acto.
-         Todavía no, pero pronto estará con nosotros ya lo veras.

Intenté moverme pero sentí las manos y las piernas inmovilizadas. Tiré de las manos hacia la cara y comprobé que estaban atadas al respaldo de la cama.
-         ¿esposas de sangre?
-         Si. Laura ha sido muy amable en venir cuando se lo ha pedido Claudia.
-         Laura. Pobre no deberías hacerles caso, entre unos y otros te van a dejar sin una gota de sangre ¿sabes?
 Laura sonrió con mi comentario. Desde la cama podía ver claramente un corte reciente en su cuello.
-         Venga Isil sabes perfectamente que no es para tanto.- sacó varios de mis bikinis de mi cajón y me los enseñó.- prefieres el negro o el rojo.
-         Pero se puede saber a donde narices vamos.
-         Es alto secreto. Solo tienes que saber que debes llevar bikini.- su sonrisa burlona dejó claro que lo estaba pasando en grande.- y algo de ropa playera.

Dicho esto sacó todos los vestidos veraniegos de mi cajón y los metió en la maleta con sumo cuidado. Luego sacó un par de vestidos elegantes que yo tenía guardados para fiestas y también los introdujo. Laura sin embargo jugaba con mi maquillaje. Elegía los tonos que más le gustaban y los metía dentro de un neceser negro. Las dos parecían trabajar muy cómodas juntas, tanto era así que incluso se olvidaron de mí.
Pero yo no estaba como para aceptar quedarme allí atada. Intenté soltar mis manos de la cuerda e incluso me concentré en soltarlas con mi poder, pero las cuerdas no se movían. Incluso cada vez que intentaba moverlas se me clavaban más en la piel y la irritaban como si fuesen una planta venenosa. Removí y removí las manos hasta que sentí que me fallaban las muñecas. Del resto de la casa se oían ruidos de gente ajetreada de un lado al otro. Incluso escuche a mi abuela decirle a alguien que cogiese una pistola del calibre treinta y ocho. Debieron de pasar al menos tres horas antes de que Irusail entrase por la puerta de mi habitación. Laura y Silvia habían terminado con mi maleta y la habían dejado cerrada a un lado para que no molestara. Aunque viendo que no podía moverme de la cama era una tontería. Irusail se acercó a mí y con una gotita de sangre deshizo las cuerdas que me unían a la cama. Pero no me desató ni las manos ni los pies.
-         hora de comer princesita.
Me levantó y me llevó en brazos hasta la cocina donde todos se encontraban sentados alrededor de la mesa. Allí había varias personas a las que no conocía. Una mujer de la edad de mi madre que llevaba un bebé con, tres hombres fuertes y musculosos que se encontraban pegados a la pared y dos chicas de mi edad guapísimas. Y lo más importante todos tenían los ojos verdes.
Las dos chicas de mi edad eran guapísimas, las dos eran morenas, altas y delgadas. Con sus caras perfectamente dibujadas como si hubiesen salido de un maravilloso cuadro. Iban muy elegantemente vestidas. Parecían de mí familia, con la misma clase de ropa oscura y elegante que todos llevábamos allí. Una de ellas que tenía el pelo ligeramente mas claro, llevaba unos pantalones grises y una blusa negra. Mientras que la otra llevaba un vestido negro con un estampado rojo sangre a la altura del pecho. Me dieron envidia. Quiero decir que siempre iba vestida de la misma manera (o un poco más colorida quizá) pero en aquel momento llevaba un vestido azul de playa. Un vestido que llevaba varios días, el pelo en una cola sin peinar y descalza- por no mencionar que iba atada de pies y manos y que Irusail me llevaba en brazos-. Y ellas iban tan sumamente hermosa, plantadas donde todo el mundo las podía ver.
Irusail me sentó en una de las sillas libres y se sentó a mí lado. Vi que delante de mí había un palto de ensalada de pasta y entonces de mi cuenta de que no podía usar las manos. Como estaba enojada con todos los que permitían tenerme así. Decidí jugar.
-         ¿también vas a darme de comer antes que soltarme?- le dije a Irusail en tono de burla.
-         Bueno si no hay más remedio.- todos en la habitación me miraban.

Irusail cogió mi tenedor y pincho la pasta y luego la llevó a mi boca. Como yo bien sabía hacer, me incliné hacia él para estar más cerca y lo miré directamente a los ojos mientras me comía la pasta del tenedor. Sabía perfectamente que estaba dando el espectáculo pero estaba tan cabreada que disfruté haciéndolo. Todos seguían mirándome, incluido Irusail hasta que mi abuela chascó un dedo y la pasta comenzó a moverse sola como si un tenedor invisible la moviese.
-         Isil, se que estas cabreada pero comportante.- su voz fue severa y clara.

Terminé la pasta mágica en poco tiempo e Irusail me devolvió a mi cuarto. Volvió a atarme a la cama y se sentó en el borde de ella. Parecía como que estaba pensando en decirme algo pero no se decidía. Al fin se acercó más a mí y su cara quedó a la altura de la mía.
-         ¿Por qué hiciste eso antes?- su pregunta me sorprendió más de lo que imaginaba.
-         Quería dar la nota- dije con firmeza.
-         Solo, para hacer saber que estabas cabreada.- dijo más para sí que para mí.
-         Lo siento si te ha molestado- me sentía algo culpable por haberle utilizado.
-         No a mi no me ha molestado pero a Claudia sí.
-         Ya supongo que su nieta la princesa se comporté así delante de toda esa gente no es algo que le agrade a nadie.- una sonrisa apareció en la comisura de sus labios.
-         Bueno supongo que lo superará.
Luego me movió el cuerpo para que me quedase tumbada y él se tumbó a mi lado. Comenzó a acariciarme el pelo con su mano derecha. No me di cuenta de que estaba agotada hasta que mis ojos se fueron cerrando.


Se quedó dormida enseguida. La energía de las esposas de sangre la debilitaba. Su pelo negro me acariciaba la cara. Estaba tan dulce mientras dormía, tanto que costaba imaginar lo poderosa y mortífera que era. Pero yo sabía que lo era. El día anterior la había visto dibujar una proyección de algo que estaba viendo en su mente y eso que sus poderes todavía no habían despertado del todo. Con cuidado de no despertarla me levanté y bajé la persiana para dejar la habitación a oscuras. Me escabullí por la puerta sin hacer algún ruido y salí al pasillo. El pasillo estaba lleno de vida desde hacía veinticuatro horas. Claudia había llamado a todos los sidazes importantes que había cerca para que nos ayudasen con el traslado. Tres hombres enormes habían aparecido a primera hora de la mañana, se llamaban Moisés, Juan y Carlos. Se habían dedicado sobretodo a mover las cosas más pesadas que Claudia y su familia se llevarían. Giré a la derecha y entré en el salón. En él estaban Silvia y Laura con las dos chicas que habían llegado a mediodía. Resultaron ser dos más de las chicas que formaban la corte de Isil. Claudia las había protegido y ocultado de mi abuelo durante dieciséis años. Al principio todos me miraban mal por ser nieto de aquel hombre del que se ocultaban, pero cuando Silvia les decía que mató a mi madre todos sentían compasión por mí. Una compasión que yo no quería. Mi tía Rosa estaba sentada en un sillón pegado a la ventana. En su mano llevaba su amuleto. La piedra negra con la estrella de mar, brillaba en sus manos con vida propia.
-         mi pequeño brujo.
-         Tía Rosa- me dio un beso en la mejilla.- ¿se ha dormido ya la princesa?
-         Si, ya está tranquila.
-         Pobre muchacha. Está pasando por algo muy difícil.
-         Lo se, ojala pase todo pronto para ella.
-         Se vienen tiempos difíciles Irusail- movió los dedos formando una flor de fuego. En el fondo de la flor podía ver las imágenes de mi abuelo asesinando personas. Sidazes que caían muertos al suelo en su palacio por ser traidores.- vi hacer cosas horribles a Javier mientras estuve con él. Lo peor de todo es que David se está volviendo como él.
-         Pero yo intenté llevarme conmigo a David y no quiso.
-         Está engañado cree que fue tu padre quién mató a su madre y no Javier. Vive bajo una mentira.

Me acarició la mejilla como siempre solía hacer. Nunca había tenido más abuelos que Javier, pero para mí, mi tía abuela Rosa era más importante que una abuela. Después de que Javier matase a mi tía, tuvimos que huir, nos fuimos al norte y ella nos acogió en su casa. Verla después de tantos años tan maravillosa como siempre me hacía creer que había una posibilidad de resurgir de las cenizas.

-         Aún así quería decirte algo.- el tonó de su voz cambió y pude sentir cierta diversión en él.-  la princesa es muy guapa ¿no es así?

Sentí que me ruborizaba. Ese no era un tema que quisiese compartir con ella. A decir verdad no quería compartirlo con nadie.
-         tía...- empecé a protestar.
-         No yo solo te lo quería decir porque todos por aquí dicen que hacéis buena pareja. Excepto la humana rubia, a esa no s ele ha visto muy contenta con el comentario.- me giré para mirar a Silvia que hablaba con el resto de las chicas. Como si sintiese mi mirada, alzó los ojos y me sonrió. No le devolví la sonrisa, sino que miré hacia otro lado y recordé aquella tarde.
-         pero Irusail entiéndeme.
-         Lo siento Silvia es la verdad. Para mi eres como mi hermana, mi mejor amiga. Esto no va a funcionar.- ella se movió rápidamente por la habitación hasta que estuvo sentada a mi lado.
-         Dime que he hecho mal- dijo posándome una mano sobre la mía.
-         Nada Silvia, es solo que yo no te quiero a ti de la misma forma que tú. Y siento que te estoy engañando.
No pude siquiera mirarle a la cara. Me levanté cogí mi chaqueta y me fui.

El recuerdo era doloroso. Porque Silvia no lo había superado. En aquel momento salía con un chico humano, un tal Mario. Alguien a quién quería mucho. Pero todavía la veía mirándome o me llamaba desesperada por la noche diciendo que necesitaba oír mi voz. Ahora la tenía sentada a dos metros de mí, y podía sentir los celos que ella tenía de Isil.

-         de todos modos quería recordarte quién es. Nunca lo olvides. No es una chica cualquiera.
-         Tranquila lo tendré en cuenta.
-         Bueno ¿Cómo esta tu padre?
-         Estupendamente, he hablado con él esta mañana me ha dicho que también vendrá, pero que tenía cosas que hacer antes.
-         De acuerdo. Bueno ahora ve a encargarte de tus cosas. Claudia me ha dicho que nos iremos en una hora.
Le di un beso y me fui hacia la habitación de Marina donde había dejado todas mis cosas. Allí estaba mi maleta y mi mochila de de mí y luego armas. Oí unos pasos detrás de mí y luego alguien llamo a la puerta.
-         ¿necesitas ayuda?
-         Silvia.- dije.- no puedo solo.
-         Irusail quería pedirte perdón.- cuando hice ademán de protestar levantó una mano haciéndome callar.- ayer me pase. Es solo… es solo que estaba celosa. Por que ella es tan perfecta y era ella la que estaba allí contigo y no yo. Lo siento.
-         Tranquila Silvia venga no sabías lo que pasaba.- se sentó a mi lado y apoyó la cabeza sobre mi hombro. Pasé mi brazo sobre sus hombros.- de verdad yo tampoco debí gritarte así. – permanecimos así semiabrazados en la habitación bastante tiempo hasta que oímos que Claudia decía que ya nos íbamos.
-         Iré a despertar a Isil.- empezó a levantarse, pero yo agarré su muñeca.
-         No la despiertes yo la llevare al coche- vi la mirada de Silvia- vamos es solo que no la podremos mover despierta.

Cuando entre en su cuarto estaba todo a oscuras. Ella estaba en la cama justo como yo la había dejado. Con su vestido azul que dejaba al descubierto sus piernas. Cogí las sandalias que Silvia había preparado para ella y se las puse. Luego la alcé en brazos y agarré su maleta. La maleta pesaba mucho más que ella. Hice una nota mental, para preguntarle a Silvia más tarde que había puesto ahí. Cuando salí al salón todos estaban ya preparados. Eran las cuatro de la mañana, era el momento en el que menos gente había. Ya que la mayoría de la gente que salía de fiesta a esa hora estaba en algún local. Moisés me cogió la maleta de Isil y todos salimos. Me aseguré de que el equipaje de Isil, el de Silvia y el mío terminaran en el maletero de mi coche. Senté a Isil en es asiento trasero y Silvia se encargó de ella. Delante de mí tenía cuatro coches más. El primero era el del abuelo de Isil, y era al que todos teníamos que seguir.

Cuando desperté me di cuenta de que estaba en una cama que no era la mía. La habitación donde me encontraba tenía las paredes verdes y todas las cortinas blancas. La cama era de matrimonio. Con una colcha preciosa, negra con varios bordados rojos. Llena de cojines y de almohadas. Sin embargo el resto de la habitación era más infantil. En un lado había una cuna enorme de madera negra ¿negra? ¿Quién tenía una cuna negra? Había un castillo de muñecas al lado y varios peluches en el suelo. En el lado opuesto, junto a la ventana había una estantería también negra con varios libros. Además de los libros pude ver desde la cama una pequeña caja de música. Cuando intenté moverme comprobé que también me habían atado a esta cama. Me limité a observar aquella habitación imaginando quién podría haberla habitado. Debía ser muy siniestro criarse en una habitación tan sumamente oscura. La poca luminosidad que tenía era la que le proporcionaban las paredes verdes. Me recosté contra el cabezal de la cama. Algo en aquella habitación me resultaba familiar, como si ya hubiese estado en ella. Una luz apareció en una esquina entre varios peluches. Intenté levantarme pero la cuerda me lo impedía. Grité una y otra vez para que alguien viniese. Estuve al menos diez minutos gritando y nadie acudió. La luz cada vez era más intensa y me llamaba para que fuese a por ella. Seguí tirando de las muñecas para liberarme, pero la sangre de Laura era demasiado fuerte para mí.

El camino del acantilado era precioso. Mi tía siempre hablaba sobre él. Decía que ella y mi madre iban allí cuando eran pequeñas a jugar. Un humano nunca hubiese dejado que sus hijas pequeñas jugasen solas en un acantilado, pero claro éramos sidazes. Si alguna de las dos se hubiese caído al agua podría haber nadado hasta la orilla y salir sin un rasguño. Silvia hablaba sobre un vestido que se había comprado con Laura, Ana y Ester. Así que no tenía que prestar atención a la conversación. Llevábamos al menos dos horas caminando por ese camino desde el que podíamos ver la playa y al mismo tiempo el palacete. En aquel momento nos acercábamos al palacio ya de vuelta a la casa. Todos los adultos estaban en el pueblo más cercano comprando comida y cosas del hogar. La única que permanecía en la casa era Isil, que dormía cuando llegamos al palacio. Llegamos al jardín cuando escuchamos los gritos. Procedían de dentro de la casa. Era de una chica, adolescente. Todos cruzamos una mirada y salimos corriendo hacia la casa con las armas preparadas y con un objetivo común. Isil. Corrimos escaleras arriba al llegar a la sala principal. Su cuarto estaba en el último piso. Cuando llegamos a su habitación y abrimos la puerta la vimos sentada en la cama, con las manos atadas gritando.
-         hola, alguien puede oírme.
Todos suspiramos aliviados al ver que se encontraba bien. Entramos en la habitación. Y ella dejo de gritar para mirarnos.
-         tenéis una pinta muy ridícula.
-         Bueno simplemente vamos vestidos de sidazes- dijo Ester- esto que llevamos puesto se llaman Clisses.
Ella miró de arriba abajo la ropa que llevábamos. Miro nuestras túnicas hasta las rodillas con las mallas negras debajo.
-         pues yo no pienso ponerme eso jamás.
-         No hace falta que lo hagas. Nosotros solo nos hemos vestido así porque hemos ido a inspeccionar la zona.- dijo Ana.
-         Ya bueno pues yo no me vestiré así ni cuando tenga que inspeccionar.
-         A este paso me da a mí que no vas a poder hacerlo- dijo con una mueca burlona Ester.
-         Ya bueno, es que aunque no lo confiese en realidad me gusta estar aquí atada. Por lo menos me ahorro lo de vestirme así.- e hizo un gesto con la cabeza para señalar nuestra vestimenta.
Todos rompimos a reír sin tener motivo real para hacerlo, pero reímos y reímos. Ester y  Ana se presentaron a Isil y le dijeron que eran dos de sus damas. La verdad se llevaban bastante bien. Tanto era así que sentí que Silvia empezaba a sentirse desplazada. Era normal estaba frente a cuatro chicas que estaban destinadas a ser amigas para siempre y además ella ni siquiera era de su espacie. Era algo que ella acostumbraba a llevar bastante bien pero muchas veces se sentía desplazada. Pronto oímos los ruidos de los mayores en el piso de bajo descargando toda la comida de los coches. Bajamos a ayudar y Laura se quedó con Isil.


-         no me has dicho porque gritabas.
-         A. Sí. Era que me había parecido ver una luz que salía de atrás de aquellos peluches.- Laura se levantó y fue hacia el sitio donde yo le indicaba removió los peluches y sacó un libro muy gordo encuadernado en piel negra con letras rojas.
Me lo tendió y pude ver lo que ponía. “ISIL” mi nombre estaba grabado en aquel libro con letras de sangre. Laura lo abrió para que pudiese verlo. Dentro había fotografías de una mujer embarazada y de aquel cuarto mientras se construía. La mujer era menuda, casi tanto como yo. Con el pelo negro y liso hasta la mitad de la espalda. Tenía la piel blanca y la cara pecosa. Era tan parecida a mi abuela. Y lo más importante era tan parecida a mí. Siempre había creído que nadie se podía parecer tanto como yo me parecía a mi madre y a mi abuela. Pero en ese momento descubrí que no era así. Aquella mujer tenía exactamente la misma cara que yo solo había una cosa que cambiaba y era que ella tenía el pelo negro y liso. Bueno yo también lo tenía. Pero yo me lo había teñido de negro y me había hecho un alisado japonés. Mi pelo real era castaño claro con varias mechitas doradas y rizado y voluminoso como la melena de un león. Sin embargo aquella mujer me era tan familiar. Laura siguió pasando las páginas hasta llegar a una donde había otra persona alado de aquella mujer. Un hombre alto con el pelo castaño y los ojos verdes. Debajo de la fotografía había una nota.
Papá y yo viendo una de tus ecografías.
Mar Lostrud.
Entonces lo comprendí, aquella pareja eran mis padres siguiendo mi embarazo. Acaricié con las manos atadas aquella fotografía.
-         supongo que querrás estar sola-
-         gracias Laura- dije sonriéndole- por favor deja el libro ahí.- dije señalando con la barbilla la mesita de noche (negra) que había alado de la cama.
Ella dejó el libro y se apresuró a salir. No pude contener las lágrimas. Quizá no tenía porque llorar por aquellas personas que no había conocido. Pero las lágrimas no me obedecieron y brotaron. Evoqué aquella fotografía a mi mente y la estudie. Tan felices como se les veía con en el embarazo de su hija. Una hija que había traído la destrucción de todos los sidazes. Solté una palabrota y me maldije a mi misma por ser quien era. Alguien llamo a la puerta. Pensando que sería alguna de las chicas o Irusail no me molesté ni en contestar. Pero fue mi abuela la que cruzó aquella puerta.
-         abuela.- dije sorprendida.
-         Quería hablar contigo Isil.
-         Bueno pues aquí me tienes. – hice que mi voz sonara enfadada- total aunque no quisiera escucharte tendría que hacerlo. Como has podido comprobar estoy atada.
-         Es por tu seguridad.
-         Ya bueno supongo que tendré que creerte.
-         Isil, ¿sabes por que estamos aquí?
-         No dímelo tú.
-         Aquí se criaron tu madre y tu tía. Las trajimos aquí para que se familiarizasen con el mar cuando eran pequeñas. Tu madre soñó con traerte aquí para que crecieses junto al mar. Estaba decidido pero solo lo sabíamos tus padres y yo. Por eso Javier no vino a este palacio y todavía podemos utilizarlo.
-         ¿esta habitación iba a ser la mía?
-         Si ¿Por qué?
-         Es un poco siniestra ¿no? Todo ese negro.
-         Eso es por que te has criado como una humana. Nosotros procedemos de cuevas subterráneas por las que pasaba el río. Para nosotros el negro es nuestro color principal.
-         Supongo. Por lo menos es el más elegante.
Mi abuela rió y su risa me calmó. Luego me alborotó los cabellos y se levantó.
-         abuela. Una cosa más.
-         Dime.
-         Podrías soltarme.
-         Luego mandaré a Irusail para que lo haga. Es un chico muy servicial.- me guiñó un ojo y desapareció en el pasillo.

El resto de la tarde me pareció muy corto. Me tumbé en la cama y me dediqué en repasar los hechos de la última semana. En realidad me pareció como si estuviese viendo una película que podía terminar en cualquier momento. Pero no terminaba, pasaban las horas y yo seguía atada a la cama. Hasta que apareció Irusail. Vestía un Clisses negro hasta la rodilla. Era una especie de túnica de seda negra hasta la rodilla con bordados rojos. Él llevaba unos vaqueros ajustado negros debajo y unas botas altas de cuero. Ir vestido completamente de negro resaltaba sus enormes ojos verdes. Llevaba los mechones negros sobre los ojos y se los apartaba con la mano.
-         voy a soltarte- me dijo muy seriamente.- pero me has de prometer que no intentaras escaparte.
-         Lo prometo- dije a regañadientes. De todas formas no sabía donde estábamos así que no llegaría muy lejos.
Colgado del cuello levaba un pequeño frasco que contenía líquido rojo. Abrió el frasco y vertió el líquido en las cuerdas, que se disolvieron. Volvió a cerrar el frasco, que parecía lleno de nuevo y retiró los restos de cuerdas. Sentirme libre de nuevo me llenó de felicidad y fuerza. Me apreté las muñecas allí donde las cuerdas se me habían clavado, y un líquido verdoso salió por las heridas. Irusail sacó unas vendas y las colocó alrededor de ellas para que el líquido no saliese.
-         tranquila, mañana estarán como nuevas.- no es que eso me tranquilizara mucho, pero asentí suavemente.
Me incorporé y salí de la cama. Fue un alivio mover las piernas. Recorrí la habitación inspeccionando cada sitio de ella. Al fin terminé sentada de nuevo en la cama junto a Irusail.
-         ¿se sabe algo de Marina?
-         Si. Lucía llamó esta mañana y dijo que Javier ha vuelto a su palacio en el norte y se ha llevado a la niña con él. Pero lucía y Herat estaban ya tras sus pies.
Me tensé y apreté fuerte las manos de nuevo. Mi pequeña hermana, con solo cinco años y una magia que seguramente no sabría controlar. Para ella todo sería extraño. ¿La tendría Javier en un sótano sucio como me tuvo a mí? Rezaba por que se hubiese apiadado de su carita dulce y su pelo caoba y la hubiese tratado bien. Me dí cuenta de que al otro lado de la ventana llovía, algo bastante extraño teniendo en cuenta que era Julio.
-         ¿llueve?- pregunté sin pensar.
-         Si es una pequeña tormenta veraniega.
-         Claro- dije sin más.
Se oyó un ruido sordo y Silvia entró en la habitación a toda prisa.
-         largo- dijo dirigiéndose a Irusail
-         pero…
-         nada de peros. Fuera he dicho.- intentaba sonar autoritaria, pero una sonrisa burlona asomaba en su boca.
-         De acuerdo. Estaré abajo si me necesitáis.
Silvia se acercó a mí y me besó la mejilla. Luego abrió mi maleta y empezó a sacar ropa de ella.
-         venga rápido. Tienes que ducharte y vestirte.- se giró hacia el lado derecho de la habitación- ahí esta el baño.
-         Pero si no hay nada.- repuse mirando la pared verde.
-         Controla mentalmente la necesidad de un baño.- hice lo que ella me pidió y apareció una puerta negra en la pared.- solo tú puedes descubrir esa puerta, puesto que es tu habitación y por lo tanto tu baño.
Ella siguió revolviendo mi ropa en la maleta mientras yo fui al bañó. Para mi sorpresa el baño era todo lo contrario a la habitación. Todo blanco y azul. Excepto las toallas que eran negras como el carbón. Me metí en la bañera y abrí el grifo del agua caliente. En un estante de cristal había varios champuses, mascarillas y jabones. Me lavé el pelo con entusiasmo y apliqué mucha mascarilla a mi pelo sucio. Cuando al fin salí de la bañera me sequé con las toallas negras y me recogí el pelo. En esta ocasión me hice dos trenzas que caían por mi pecho hasta la mitad del vientre. Me contemplé durante un rato en el espejo. Hacía al menos una semana desde que me había mirado en el espejo de mi casa después de correr, antes de ir a aquella cita que lo cambió todo. La raíz de mi pelo castaño era cada vez más grande, tendría que conseguir un tinte negro en algún sitio. Me quité las vendas que Irusail me había puesto y contemplé las heridas verdosas de las muñecas. Eran horribles, era impresionante lo que podían hacer aquellas cuerdas hechas con sangre. Me anudé una de las toallas al cuerpo y salí a la habitación. Silvia había desparecido y había dejado todos mis vestidos esparcidos sobre la cama y el suelo. Elegí uno negro que me encantaba. Me lo puse y cerré la cremallera. En ese momento noté la ausencia de un espejo en la habitación y la necesidad de ello. Y de pronto apareció un espejo de cuerpo entero junto a la puerta de entrada. Entonces me di cuenta que todo en aquella habitación aparecía si yo lo deseaba. Desee con todas mis fuerzas tener un ordenador, pero no tuve tanta suerte. Aún así me acerqué al espejo para ver si me había puesto bien el vestido. Estaba perfecto, justo como a mí me gustaba. El escote de palabra de honor dejaba al descubierto la parte superior de mi blanco pecho y al girarme comprobé que la rosa que llevaba tatuada en el hombro quedaba totalmente visible. Recogí junto a la cama unas sandalias de tacón negras con varias lentejuelas plateadas. Me miré en el espejo y vi de nuevo a Isil. Sentí un escalofrío que me recorrió toda la espalda. El día lluvioso traía mucha humedad. Busqué entre las cosas que todavía quedaban en la maleta y encontré lo que buscaba. Saqué la rebeca negra y me la puse sobre los hombros. Una vez vestida completamente salí de la habitación. Comprobé que la casa era mucho más grande de lo que la había imaginado. Tenía aspecto de palacio con todos aquellos pasillos y cuadros en las paredes de más de cuatro metros. Al final del corredor había unas escaleras enormes que conducían al piso inferior. Con cuidado de no tropezarme con los tacones bajé hasta que llegué a un salón enorme con varios sillones y sofás negros y rojos. Era como si todo en aquel sitio fuera negro o rojo. Oí susurros a mi derecha, me encaramé por un pasillo hasta llegar a otro salón más pequeño. Este salón era totalmente distinto. Estaba formado por alfombras y tapices de varios colores. En el suelo sobre las alfombras había grandes cojines que actuaban como asientos, sobre los que se encontraban mi abuela y el resto de personas que se encontraban en la casa. Al parecer no esperaban que los encontrase puesto que todos guardaron silencio y me miraron igual que si hubiesen visto un fantasma. Pensé que Irusail no les habría dicho que ya estaba libre. En ese momento me di cuenta de que tanto Irusail como Silvia estaban ausentes. Nadie tenía intención de hablar o al menos eso parecía así que tomé una decisión y me planté justo en medio para que todos me viesen.
-         ¿acaso habéis visto un fantasma?
Ninguno abrió la boca siquiera para contestar, seguían mirándome y observando todo mi cuerpo hasta que llegaban a mi cara y allí se quedaban con una cara indescifrable. Como no me apetecía seguir hablando sola me senté en uno de los cojines junto a mi abuelo. La verdad comenzaba a desesperarme el hecho de que todos me estuviesen mirando de esa manera y que ninguno se atreviera a hablar. Las palmas de las manos me sudaban y sentí un cosquilleo de angustia en el estómago.  Sentí que me mareaba y me dio la sensación de que si esa situación seguía por mucho tiempo iba a vomitar allí mismo. Al fin Ester habló.
-         ¿estas mejor Isil?
-         Si, estoy estupendamente.- se que era algo pesada pero necesitaba saberlo.- ¿mis padres?
-         Esta tarde entraron en el palacio Criti donde están Javier y Marina. Como muy tarde mañana estarán aquí.- fue mi abuelo el que habló y me sentí feliz de poder escuchar aquello.
El nerviosismo se marchó dejándome una capa de sudor sobre el cuerpo. Parecía que ya no me miraban de aquella manera, pero todavía me sentía vigilada. Se oyeron una risas provenían del pasillo. Irusail apareció tan guapo con su piel morena y su pelo negro. Sostenía una bandeja en las manos con varias tazas de café, y estaba riendo a su espalda. Detrás de si apareció una melena rubia unas piernas largas. Silvia se reía como una loca feliz junto a él con otra bandeja en las manos. Sentí envida. Sí. La sentí. Verlos tan felices riendo de lago que seguramente sería una tontería. Verlos mirase de esa manera, me hizo daño. Yo desee poder reírme tontamente con Irusail, lo desee con todas mis fuerzas. No podía tener claros mis sentimientos hacia aquel chico cuando ni siquiera lo conocía. Al ver que todos guardábamos silencio se callaron y se sentaron sobre unos cojines enfrente de Claudia. Dejaron las bandejas en el centro y se acomodaron. Para mi asombro fue Laura la que se levantó e hizo un gesto para que todos le prestáramos atención.
-         creo que todos sabemos que es hora de que Isil entre en contacto con el Luipa. La han protegido durante años, pero ahora Javier la ha encontrado y solo es cuestión de tiempo que intente atacarnos si al menos ella tiene todo su poder para entonces, quizá tengamos posibilidades.
-         Si Laura tiene razón- añadió Moisés.- el problema es donde conseguiremos que ella baje al Luipa. Todas las entradas están vigiladas.
-         Todas no.- mi abuela levantó la vista hacia Laura- la de Lucentum no.
-         Con Lucentum ¿te refieres a la antigua Alicante romana?- todos asintieron con la cabeza.
-         Aquella ciudad también estuvo habitada por sidazes. Sidazes que construyeron una bajada hasta el Luipa. Pero la bajada está en ruinas y no se usa desde hace años.
-         Si pero ahora hace demasiado calor para acceder a ella. Deberíamos esperar unas semanas.
-         Tienes razón. De momento nos quedaremos aquí.
De la misma manera que la situación había empezado tensa ahora todo se volvió alegría. Cada uno se volvió a hablar con el de alado y a reír como si fuese una reunión de amigos. Todos reían y charlaban pero yo no podía concentrarme en nada. Solo podía mirar a Irusail. Se había cambiado, llevaba unos vaqueros ajustados y una camiseta negra de manga corta que dejaba todos los músculos de sus brazos al aire. Debió de darse cuenta de que le miraba por que alzó la vista hacia mí y me sonrió. Fue una sonrisa esplendida, una sonrisa que no pude evitar devolver. A su lado pude ver como Silvia se tensaba y se giraba hacia otro lado intentado apartar la vista de nosotros. Era evidente que yo no era la única celosa. Pero el siguió sonriéndome manteniendo nuestras miradas entrelazadas durante largo rato. Me sentí feliz, muy feliz. Pronto me cansé de aquellas conversaciones que no tenían nada que ver conmigo y me marché de allí. Como no conocía el lugar decidí inspeccionar. Encontré al final de uno de los pasillos una cocina, donde se podría cocinar para unas doscientas personas. Sobre una de las encimeras se encontraba una barra de pan. No era consciente del hambre que tenía hasta que vi aquella barra. Conseguí un poco de queso de la nevera y me hice un bocadillo. La cocina estaba tan silenciosa, desde allí no se escuchaban las risas y conversaciones del saloncito. El queso de derretía en mi boca y me calmaba el hambre. Prácticamente me lo comí corriendo. Una vez terminé limpié todas las migas.


Cuando ella salió del salón sentí el impulso de seguirla. Se había vestido tan elegantemente. El negro le sentaba bien, le resaltaba los ojos ya que su pelo se fundía con la tela negra de aquel ajustado vestido. La vi mirarme un par de veces y no pude más que sonreírle. Sabía que no podía correr tras ella a la cocina, todos se darían cuenta de lo mucho que aquella chica me atraía. Seguí oyendo lo que Silvia me decía sin escucharla realmente. Solo podía pensar en cuanto me gustaría besar las pecas de su naricita rechoncha. Silvia se dio cuenta de que no le hacía caso y me hizo gestos para que volviese a la Tierra.
-         Silvia, la verdad es que no tengo muchas ganas de hablar.
-         Adelante vete tras ella.- hizo una mueca de mujer paciente.
Como realmente era eso lo que quería, agradecí que Silvia fuese así. Mi Silvia, con sus ojitos chocolate. De pronto sonrió y yo supe porque, ella tras los parpados veía un ramo de rosas para ella. Y ese ramo de rosas era el que yo había implantado en su cabeza, simbolizando aquel regalo de cariño hacia ella. Salí de aquella habitación y la busqué por todo el palacio, cuando al fin la encontré comía un bocadillo en la cocina. Era gracioso verla vestida de esa manera y que comiera un bocata. Me apoyé en el marco de la puerta y vi como terminaba de comer y lo limpiaba. Cuando se giró para salir me vio.
-         ay, ¡perdón!-dijo- seguro que he tocado algo que no debía.
-         No, solo estaba viéndote comer- su expresión se relajó- es extraño verte vestida así y verte comer un bocadillo.
-         Ya supongo, pero prefiero eso al sushi.
Su risa me sonó bastante infantil y divertida. Nada que hubiese escuchado hasta ese momento. Realmente era la primera vez que la escuchaba reír. Me recosté contra la encimera y le miré a los ojos.
-         ¿Qué se siente al ser libre de nuevo?
-         Cuando lleve unas horas más de libertad podré contestarte a ello. Pero es un alivio poder mover de nuevo el cuerpo.
Me asombró que ella también se recostase contra la encimera a mi lado. No la conocía casi, pero la sentía muy cerca. En aquel momento éramos dos viejos amigos que se encuentran después de mucho tiempo. Mi brazo le rodeó los hombros automáticamente, debería haberse apartado pero en lugar de ello apoyó su cabeza en mi hombro.
-         no me está resultando nada fácil todo esto.
-         Es normal, nadie se hace sidaz en una semana. Pero en cuanto te bautices como una sidaz todo será más fácil. Y debes recordar que tu mente y tu poder responde a ti. No necesitas saber más.
-         Pero no se usar mi magia.
-         Te equivocas. ¿nunca has querido tener la luna?
-         y eso ¿se puede saber a que viene?
-         Solo responde- le corté.
-         Pues si.- pero al ver que yo no me daba por satisfecho. Muchas veces he querido tener la luna.
Sin soltarla la arrastré hasta la ventana. Aunque eran las seis de la tarde había una luna perfecta en el cielo.
-         ¿Eso lo he hecho yo?
-         Si. Has atraído a la luna hacia el punto de la tierra donde te encuentras. También afectas en las mareas.
-         Y exactamente ¿Cómo funciona?
-         Es muy simple. Somos sidazes de la corte del mar, y por lo tanto además de los poderes básicos, controlamos muchas cosas que tiene que ver con él.
-         Entiendo.
Se quedó bastante rato delante de aquella ventana observando la luna que ella había atraído. De pronto el mar comenzó a retirarse y luego volvió. Cualquier humano pensaría que había mucho oleaje, pero yo sabía que ella manejaba la marea.


Una música retumbó en toda la habitación. Juraría que era… nada. Todavía estaba medio dormida. Sentía los parpados terriblemente pesados. Me revolví en la cama hasta quedarme boca arriba totalmente destapada. Era maravilloso volver a dormir con mi camisón. Cuando mi cabeza se despejó y estuve totalmente consciente, repasé la tarde anterior.
Irusail estuvo conmigo hasta tarde dimos una vuelta con Silvia y Laura y luego volvimos a palacio. Al salir pude ver que donde nos encontrábamos era un palacete a la orilla del Mediterráneo. La fachada era roja y daba la sensación de ser antigua. Pero lo mejor era el camino para andar sobre los acantilados y una playa enfrente de la casa. Silvia decía que teníamos que ir a coger un buen bronceado. Bajé a desayunar. Había gente nueva. Todos estaban en grupos. Vi a Silvia y Ester en una mesa. Desayune con ellas y luego quedamos en bajar a la playa. 
Entre mis cosas encontré mi móvil sin batería. Hacía tanto que no lo usaba, era como si llevase todo este tiempo desconectada del mundo. Lo puse a cargar y recogí el bikini negro. Cuando al fin estuve lista bajé a la playa. Ester y Laura ya estaban allí. Coloqué mi toalla junto a las suyas y me senté a charlar con ellas.
Pronto bajaron Silvia y Ana. No podía evitar mirar en derredor. No había visto a Irusail desde la noche anterior.
-         se ha ido
-         ¿qué?- pregunté sobresaltada.
-         Irusail se ha ido. Ha ido a recoger a su padre y a su tía. Seguramente mañana ya estará aquí.
-         Ah- fue lo único que conseguí decir. Me sentía un poco mal porque sabía de sobra lo que Silvia sentía por Irusail.
Pasaron dos días y no supe nada de él. Hasta que al fin el miércoles volvió.


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