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19 sept. 2010

Mundos sidazes. Marina García Gómez.

cap 4


4

No había imágenes, ni olores, ni sonidos ambientales. Solo aquella canción me volvió a acompañar como otras tanta veces.

“La luna te tiene presa.
Mi bebé duérmete ya
Y tendrás algo que ella querrá.
La luna me sube al cielo con ella,
Allí me encontrarás.
Mi bebé duérmete ya y a los
Pájaros escucharás.
El mar de fondo y te quiere,
Algún día lo tendrás.
Cuando llegue tu voz
Me llevara.
Mi bebé duérmete ya
Y las nubes surcaras.
Mi pobre ángel, mi princesita
Duérmete, duérmete ya.”

Aquella triste canción de cuna que me acompañaba desde que era tan solo una niña. No recordaba haberla oído, no recordaba que me la hubiesen cantado. Pero por las noches la canción sonaba en mi cabeza como si una mujer la cantase para que durmiera. Una voz tan dulce y suave como la coca. Tan familiar para mi como la voz de mi propia madre.

El sueño me abandonó, se fue el fondo blanco y la canción junto con aquella voz. Los ruidos de una casa vinieron a mí. Y pronto los olores de un desayuno. Cuando abrí los ojos Silvia y Laura estaban en mi cuarto. Lo que primero vi fueron sus maravillosas cabelleras rubias. Por lo demás no se parecían en nada. Laura tenía los ojos verdes de los sidazes y Silvia unos precios ojos color chocolate. Laura tenía un cuerpo lleno de curvas perfectas y era baja. Mientras que Silvia era alta y flaca. Sus piernas eran larguísimas y pecosas. Las dos estaban haciendo una maleta. Mi maleta concretamente.

-         buenos días bella durmiente.- Silvia parecía verdaderamente contenta.
-         ¿se sabe algo de Marina?- su sonrisa desapareció en el acto.
-         Todavía no, pero pronto estará con nosotros ya lo veras.

Intenté moverme pero sentí las manos y las piernas inmovilizadas. Tiré de las manos hacia la cara y comprobé que estaban atadas al respaldo de la cama.
-         ¿esposas de sangre?
-         Si. Laura ha sido muy amable en venir cuando se lo ha pedido Claudia.
-         Laura. Pobre no deberías hacerles caso, entre unos y otros te van a dejar sin una gota de sangre ¿sabes?
 Laura sonrió con mi comentario. Desde la cama podía ver claramente un corte reciente en su cuello.
-         Venga Isil sabes perfectamente que no es para tanto.- sacó varios de mis bikinis de mi cajón y me los enseñó.- prefieres el negro o el rojo.
-         Pero se puede saber a donde narices vamos.
-         Es alto secreto. Solo tienes que saber que debes llevar bikini.- su sonrisa burlona dejó claro que lo estaba pasando en grande.- y algo de ropa playera.

Dicho esto sacó todos los vestidos veraniegos de mi cajón y los metió en la maleta con sumo cuidado. Luego sacó un par de vestidos elegantes que yo tenía guardados para fiestas y también los introdujo. Laura sin embargo jugaba con mi maquillaje. Elegía los tonos que más le gustaban y los metía dentro de un neceser negro. Las dos parecían trabajar muy cómodas juntas, tanto era así que incluso se olvidaron de mí.
Pero yo no estaba como para aceptar quedarme allí atada. Intenté soltar mis manos de la cuerda e incluso me concentré en soltarlas con mi poder, pero las cuerdas no se movían. Incluso cada vez que intentaba moverlas se me clavaban más en la piel y la irritaban como si fuesen una planta venenosa. Removí y removí las manos hasta que sentí que me fallaban las muñecas. Del resto de la casa se oían ruidos de gente ajetreada de un lado al otro. Incluso escuche a mi abuela decirle a alguien que cogiese una pistola del calibre treinta y ocho. Debieron de pasar al menos tres horas antes de que Irusail entrase por la puerta de mi habitación. Laura y Silvia habían terminado con mi maleta y la habían dejado cerrada a un lado para que no molestara. Aunque viendo que no podía moverme de la cama era una tontería. Irusail se acercó a mí y con una gotita de sangre deshizo las cuerdas que me unían a la cama. Pero no me desató ni las manos ni los pies.
-         hora de comer princesita.
Me levantó y me llevó en brazos hasta la cocina donde todos se encontraban sentados alrededor de la mesa. Allí había varias personas a las que no conocía. Una mujer de la edad de mi madre que llevaba un bebé con, tres hombres fuertes y musculosos que se encontraban pegados a la pared y dos chicas de mi edad guapísimas. Y lo más importante todos tenían los ojos verdes.
Las dos chicas de mi edad eran guapísimas, las dos eran morenas, altas y delgadas. Con sus caras perfectamente dibujadas como si hubiesen salido de un maravilloso cuadro. Iban muy elegantemente vestidas. Parecían de mí familia, con la misma clase de ropa oscura y elegante que todos llevábamos allí. Una de ellas que tenía el pelo ligeramente mas claro, llevaba unos pantalones grises y una blusa negra. Mientras que la otra llevaba un vestido negro con un estampado rojo sangre a la altura del pecho. Me dieron envidia. Quiero decir que siempre iba vestida de la misma manera (o un poco más colorida quizá) pero en aquel momento llevaba un vestido azul de playa. Un vestido que llevaba varios días, el pelo en una cola sin peinar y descalza- por no mencionar que iba atada de pies y manos y que Irusail me llevaba en brazos-. Y ellas iban tan sumamente hermosa, plantadas donde todo el mundo las podía ver.
Irusail me sentó en una de las sillas libres y se sentó a mí lado. Vi que delante de mí había un palto de ensalada de pasta y entonces de mi cuenta de que no podía usar las manos. Como estaba enojada con todos los que permitían tenerme así. Decidí jugar.
-         ¿también vas a darme de comer antes que soltarme?- le dije a Irusail en tono de burla.
-         Bueno si no hay más remedio.- todos en la habitación me miraban.

Irusail cogió mi tenedor y pincho la pasta y luego la llevó a mi boca. Como yo bien sabía hacer, me incliné hacia él para estar más cerca y lo miré directamente a los ojos mientras me comía la pasta del tenedor. Sabía perfectamente que estaba dando el espectáculo pero estaba tan cabreada que disfruté haciéndolo. Todos seguían mirándome, incluido Irusail hasta que mi abuela chascó un dedo y la pasta comenzó a moverse sola como si un tenedor invisible la moviese.
-         Isil, se que estas cabreada pero comportante.- su voz fue severa y clara.

Terminé la pasta mágica en poco tiempo e Irusail me devolvió a mi cuarto. Volvió a atarme a la cama y se sentó en el borde de ella. Parecía como que estaba pensando en decirme algo pero no se decidía. Al fin se acercó más a mí y su cara quedó a la altura de la mía.
-         ¿Por qué hiciste eso antes?- su pregunta me sorprendió más de lo que imaginaba.
-         Quería dar la nota- dije con firmeza.
-         Solo, para hacer saber que estabas cabreada.- dijo más para sí que para mí.
-         Lo siento si te ha molestado- me sentía algo culpable por haberle utilizado.
-         No a mi no me ha molestado pero a Claudia sí.
-         Ya supongo que su nieta la princesa se comporté así delante de toda esa gente no es algo que le agrade a nadie.- una sonrisa apareció en la comisura de sus labios.
-         Bueno supongo que lo superará.
Luego me movió el cuerpo para que me quedase tumbada y él se tumbó a mi lado. Comenzó a acariciarme el pelo con su mano derecha. No me di cuenta de que estaba agotada hasta que mis ojos se fueron cerrando.


Se quedó dormida enseguida. La energía de las esposas de sangre la debilitaba. Su pelo negro me acariciaba la cara. Estaba tan dulce mientras dormía, tanto que costaba imaginar lo poderosa y mortífera que era. Pero yo sabía que lo era. El día anterior la había visto dibujar una proyección de algo que estaba viendo en su mente y eso que sus poderes todavía no habían despertado del todo. Con cuidado de no despertarla me levanté y bajé la persiana para dejar la habitación a oscuras. Me escabullí por la puerta sin hacer algún ruido y salí al pasillo. El pasillo estaba lleno de vida desde hacía veinticuatro horas. Claudia había llamado a todos los sidazes importantes que había cerca para que nos ayudasen con el traslado. Tres hombres enormes habían aparecido a primera hora de la mañana, se llamaban Moisés, Juan y Carlos. Se habían dedicado sobretodo a mover las cosas más pesadas que Claudia y su familia se llevarían. Giré a la derecha y entré en el salón. En él estaban Silvia y Laura con las dos chicas que habían llegado a mediodía. Resultaron ser dos más de las chicas que formaban la corte de Isil. Claudia las había protegido y ocultado de mi abuelo durante dieciséis años. Al principio todos me miraban mal por ser nieto de aquel hombre del que se ocultaban, pero cuando Silvia les decía que mató a mi madre todos sentían compasión por mí. Una compasión que yo no quería. Mi tía Rosa estaba sentada en un sillón pegado a la ventana. En su mano llevaba su amuleto. La piedra negra con la estrella de mar, brillaba en sus manos con vida propia.
-         mi pequeño brujo.
-         Tía Rosa- me dio un beso en la mejilla.- ¿se ha dormido ya la princesa?
-         Si, ya está tranquila.
-         Pobre muchacha. Está pasando por algo muy difícil.
-         Lo se, ojala pase todo pronto para ella.
-         Se vienen tiempos difíciles Irusail- movió los dedos formando una flor de fuego. En el fondo de la flor podía ver las imágenes de mi abuelo asesinando personas. Sidazes que caían muertos al suelo en su palacio por ser traidores.- vi hacer cosas horribles a Javier mientras estuve con él. Lo peor de todo es que David se está volviendo como él.
-         Pero yo intenté llevarme conmigo a David y no quiso.
-         Está engañado cree que fue tu padre quién mató a su madre y no Javier. Vive bajo una mentira.

Me acarició la mejilla como siempre solía hacer. Nunca había tenido más abuelos que Javier, pero para mí, mi tía abuela Rosa era más importante que una abuela. Después de que Javier matase a mi tía, tuvimos que huir, nos fuimos al norte y ella nos acogió en su casa. Verla después de tantos años tan maravillosa como siempre me hacía creer que había una posibilidad de resurgir de las cenizas.

-         Aún así quería decirte algo.- el tonó de su voz cambió y pude sentir cierta diversión en él.-  la princesa es muy guapa ¿no es así?

Sentí que me ruborizaba. Ese no era un tema que quisiese compartir con ella. A decir verdad no quería compartirlo con nadie.
-         tía...- empecé a protestar.
-         No yo solo te lo quería decir porque todos por aquí dicen que hacéis buena pareja. Excepto la humana rubia, a esa no s ele ha visto muy contenta con el comentario.- me giré para mirar a Silvia que hablaba con el resto de las chicas. Como si sintiese mi mirada, alzó los ojos y me sonrió. No le devolví la sonrisa, sino que miré hacia otro lado y recordé aquella tarde.
-         pero Irusail entiéndeme.
-         Lo siento Silvia es la verdad. Para mi eres como mi hermana, mi mejor amiga. Esto no va a funcionar.- ella se movió rápidamente por la habitación hasta que estuvo sentada a mi lado.
-         Dime que he hecho mal- dijo posándome una mano sobre la mía.
-         Nada Silvia, es solo que yo no te quiero a ti de la misma forma que tú. Y siento que te estoy engañando.
No pude siquiera mirarle a la cara. Me levanté cogí mi chaqueta y me fui.

El recuerdo era doloroso. Porque Silvia no lo había superado. En aquel momento salía con un chico humano, un tal Mario. Alguien a quién quería mucho. Pero todavía la veía mirándome o me llamaba desesperada por la noche diciendo que necesitaba oír mi voz. Ahora la tenía sentada a dos metros de mí, y podía sentir los celos que ella tenía de Isil.

-         de todos modos quería recordarte quién es. Nunca lo olvides. No es una chica cualquiera.
-         Tranquila lo tendré en cuenta.
-         Bueno ¿Cómo esta tu padre?
-         Estupendamente, he hablado con él esta mañana me ha dicho que también vendrá, pero que tenía cosas que hacer antes.
-         De acuerdo. Bueno ahora ve a encargarte de tus cosas. Claudia me ha dicho que nos iremos en una hora.
Le di un beso y me fui hacia la habitación de Marina donde había dejado todas mis cosas. Allí estaba mi maleta y mi mochila de de mí y luego armas. Oí unos pasos detrás de mí y luego alguien llamo a la puerta.
-         ¿necesitas ayuda?
-         Silvia.- dije.- no puedo solo.
-         Irusail quería pedirte perdón.- cuando hice ademán de protestar levantó una mano haciéndome callar.- ayer me pase. Es solo… es solo que estaba celosa. Por que ella es tan perfecta y era ella la que estaba allí contigo y no yo. Lo siento.
-         Tranquila Silvia venga no sabías lo que pasaba.- se sentó a mi lado y apoyó la cabeza sobre mi hombro. Pasé mi brazo sobre sus hombros.- de verdad yo tampoco debí gritarte así. – permanecimos así semiabrazados en la habitación bastante tiempo hasta que oímos que Claudia decía que ya nos íbamos.
-         Iré a despertar a Isil.- empezó a levantarse, pero yo agarré su muñeca.
-         No la despiertes yo la llevare al coche- vi la mirada de Silvia- vamos es solo que no la podremos mover despierta.

Cuando entre en su cuarto estaba todo a oscuras. Ella estaba en la cama justo como yo la había dejado. Con su vestido azul que dejaba al descubierto sus piernas. Cogí las sandalias que Silvia había preparado para ella y se las puse. Luego la alcé en brazos y agarré su maleta. La maleta pesaba mucho más que ella. Hice una nota mental, para preguntarle a Silvia más tarde que había puesto ahí. Cuando salí al salón todos estaban ya preparados. Eran las cuatro de la mañana, era el momento en el que menos gente había. Ya que la mayoría de la gente que salía de fiesta a esa hora estaba en algún local. Moisés me cogió la maleta de Isil y todos salimos. Me aseguré de que el equipaje de Isil, el de Silvia y el mío terminaran en el maletero de mi coche. Senté a Isil en es asiento trasero y Silvia se encargó de ella. Delante de mí tenía cuatro coches más. El primero era el del abuelo de Isil, y era al que todos teníamos que seguir.

Cuando desperté me di cuenta de que estaba en una cama que no era la mía. La habitación donde me encontraba tenía las paredes verdes y todas las cortinas blancas. La cama era de matrimonio. Con una colcha preciosa, negra con varios bordados rojos. Llena de cojines y de almohadas. Sin embargo el resto de la habitación era más infantil. En un lado había una cuna enorme de madera negra ¿negra? ¿Quién tenía una cuna negra? Había un castillo de muñecas al lado y varios peluches en el suelo. En el lado opuesto, junto a la ventana había una estantería también negra con varios libros. Además de los libros pude ver desde la cama una pequeña caja de música. Cuando intenté moverme comprobé que también me habían atado a esta cama. Me limité a observar aquella habitación imaginando quién podría haberla habitado. Debía ser muy siniestro criarse en una habitación tan sumamente oscura. La poca luminosidad que tenía era la que le proporcionaban las paredes verdes. Me recosté contra el cabezal de la cama. Algo en aquella habitación me resultaba familiar, como si ya hubiese estado en ella. Una luz apareció en una esquina entre varios peluches. Intenté levantarme pero la cuerda me lo impedía. Grité una y otra vez para que alguien viniese. Estuve al menos diez minutos gritando y nadie acudió. La luz cada vez era más intensa y me llamaba para que fuese a por ella. Seguí tirando de las muñecas para liberarme, pero la sangre de Laura era demasiado fuerte para mí.

El camino del acantilado era precioso. Mi tía siempre hablaba sobre él. Decía que ella y mi madre iban allí cuando eran pequeñas a jugar. Un humano nunca hubiese dejado que sus hijas pequeñas jugasen solas en un acantilado, pero claro éramos sidazes. Si alguna de las dos se hubiese caído al agua podría haber nadado hasta la orilla y salir sin un rasguño. Silvia hablaba sobre un vestido que se había comprado con Laura, Ana y Ester. Así que no tenía que prestar atención a la conversación. Llevábamos al menos dos horas caminando por ese camino desde el que podíamos ver la playa y al mismo tiempo el palacete. En aquel momento nos acercábamos al palacio ya de vuelta a la casa. Todos los adultos estaban en el pueblo más cercano comprando comida y cosas del hogar. La única que permanecía en la casa era Isil, que dormía cuando llegamos al palacio. Llegamos al jardín cuando escuchamos los gritos. Procedían de dentro de la casa. Era de una chica, adolescente. Todos cruzamos una mirada y salimos corriendo hacia la casa con las armas preparadas y con un objetivo común. Isil. Corrimos escaleras arriba al llegar a la sala principal. Su cuarto estaba en el último piso. Cuando llegamos a su habitación y abrimos la puerta la vimos sentada en la cama, con las manos atadas gritando.
-         hola, alguien puede oírme.
Todos suspiramos aliviados al ver que se encontraba bien. Entramos en la habitación. Y ella dejo de gritar para mirarnos.
-         tenéis una pinta muy ridícula.
-         Bueno simplemente vamos vestidos de sidazes- dijo Ester- esto que llevamos puesto se llaman Clisses.
Ella miró de arriba abajo la ropa que llevábamos. Miro nuestras túnicas hasta las rodillas con las mallas negras debajo.
-         pues yo no pienso ponerme eso jamás.
-         No hace falta que lo hagas. Nosotros solo nos hemos vestido así porque hemos ido a inspeccionar la zona.- dijo Ana.
-         Ya bueno pues yo no me vestiré así ni cuando tenga que inspeccionar.
-         A este paso me da a mí que no vas a poder hacerlo- dijo con una mueca burlona Ester.
-         Ya bueno, es que aunque no lo confiese en realidad me gusta estar aquí atada. Por lo menos me ahorro lo de vestirme así.- e hizo un gesto con la cabeza para señalar nuestra vestimenta.
Todos rompimos a reír sin tener motivo real para hacerlo, pero reímos y reímos. Ester y  Ana se presentaron a Isil y le dijeron que eran dos de sus damas. La verdad se llevaban bastante bien. Tanto era así que sentí que Silvia empezaba a sentirse desplazada. Era normal estaba frente a cuatro chicas que estaban destinadas a ser amigas para siempre y además ella ni siquiera era de su espacie. Era algo que ella acostumbraba a llevar bastante bien pero muchas veces se sentía desplazada. Pronto oímos los ruidos de los mayores en el piso de bajo descargando toda la comida de los coches. Bajamos a ayudar y Laura se quedó con Isil.


-         no me has dicho porque gritabas.
-         A. Sí. Era que me había parecido ver una luz que salía de atrás de aquellos peluches.- Laura se levantó y fue hacia el sitio donde yo le indicaba removió los peluches y sacó un libro muy gordo encuadernado en piel negra con letras rojas.
Me lo tendió y pude ver lo que ponía. “ISIL” mi nombre estaba grabado en aquel libro con letras de sangre. Laura lo abrió para que pudiese verlo. Dentro había fotografías de una mujer embarazada y de aquel cuarto mientras se construía. La mujer era menuda, casi tanto como yo. Con el pelo negro y liso hasta la mitad de la espalda. Tenía la piel blanca y la cara pecosa. Era tan parecida a mi abuela. Y lo más importante era tan parecida a mí. Siempre había creído que nadie se podía parecer tanto como yo me parecía a mi madre y a mi abuela. Pero en ese momento descubrí que no era así. Aquella mujer tenía exactamente la misma cara que yo solo había una cosa que cambiaba y era que ella tenía el pelo negro y liso. Bueno yo también lo tenía. Pero yo me lo había teñido de negro y me había hecho un alisado japonés. Mi pelo real era castaño claro con varias mechitas doradas y rizado y voluminoso como la melena de un león. Sin embargo aquella mujer me era tan familiar. Laura siguió pasando las páginas hasta llegar a una donde había otra persona alado de aquella mujer. Un hombre alto con el pelo castaño y los ojos verdes. Debajo de la fotografía había una nota.
Papá y yo viendo una de tus ecografías.
Mar Lostrud.
Entonces lo comprendí, aquella pareja eran mis padres siguiendo mi embarazo. Acaricié con las manos atadas aquella fotografía.
-         supongo que querrás estar sola-
-         gracias Laura- dije sonriéndole- por favor deja el libro ahí.- dije señalando con la barbilla la mesita de noche (negra) que había alado de la cama.
Ella dejó el libro y se apresuró a salir. No pude contener las lágrimas. Quizá no tenía porque llorar por aquellas personas que no había conocido. Pero las lágrimas no me obedecieron y brotaron. Evoqué aquella fotografía a mi mente y la estudie. Tan felices como se les veía con en el embarazo de su hija. Una hija que había traído la destrucción de todos los sidazes. Solté una palabrota y me maldije a mi misma por ser quien era. Alguien llamo a la puerta. Pensando que sería alguna de las chicas o Irusail no me molesté ni en contestar. Pero fue mi abuela la que cruzó aquella puerta.
-         abuela.- dije sorprendida.
-         Quería hablar contigo Isil.
-         Bueno pues aquí me tienes. – hice que mi voz sonara enfadada- total aunque no quisiera escucharte tendría que hacerlo. Como has podido comprobar estoy atada.
-         Es por tu seguridad.
-         Ya bueno supongo que tendré que creerte.
-         Isil, ¿sabes por que estamos aquí?
-         No dímelo tú.
-         Aquí se criaron tu madre y tu tía. Las trajimos aquí para que se familiarizasen con el mar cuando eran pequeñas. Tu madre soñó con traerte aquí para que crecieses junto al mar. Estaba decidido pero solo lo sabíamos tus padres y yo. Por eso Javier no vino a este palacio y todavía podemos utilizarlo.
-         ¿esta habitación iba a ser la mía?
-         Si ¿Por qué?
-         Es un poco siniestra ¿no? Todo ese negro.
-         Eso es por que te has criado como una humana. Nosotros procedemos de cuevas subterráneas por las que pasaba el río. Para nosotros el negro es nuestro color principal.
-         Supongo. Por lo menos es el más elegante.
Mi abuela rió y su risa me calmó. Luego me alborotó los cabellos y se levantó.
-         abuela. Una cosa más.
-         Dime.
-         Podrías soltarme.
-         Luego mandaré a Irusail para que lo haga. Es un chico muy servicial.- me guiñó un ojo y desapareció en el pasillo.

El resto de la tarde me pareció muy corto. Me tumbé en la cama y me dediqué en repasar los hechos de la última semana. En realidad me pareció como si estuviese viendo una película que podía terminar en cualquier momento. Pero no terminaba, pasaban las horas y yo seguía atada a la cama. Hasta que apareció Irusail. Vestía un Clisses negro hasta la rodilla. Era una especie de túnica de seda negra hasta la rodilla con bordados rojos. Él llevaba unos vaqueros ajustado negros debajo y unas botas altas de cuero. Ir vestido completamente de negro resaltaba sus enormes ojos verdes. Llevaba los mechones negros sobre los ojos y se los apartaba con la mano.
-         voy a soltarte- me dijo muy seriamente.- pero me has de prometer que no intentaras escaparte.
-         Lo prometo- dije a regañadientes. De todas formas no sabía donde estábamos así que no llegaría muy lejos.
Colgado del cuello levaba un pequeño frasco que contenía líquido rojo. Abrió el frasco y vertió el líquido en las cuerdas, que se disolvieron. Volvió a cerrar el frasco, que parecía lleno de nuevo y retiró los restos de cuerdas. Sentirme libre de nuevo me llenó de felicidad y fuerza. Me apreté las muñecas allí donde las cuerdas se me habían clavado, y un líquido verdoso salió por las heridas. Irusail sacó unas vendas y las colocó alrededor de ellas para que el líquido no saliese.
-         tranquila, mañana estarán como nuevas.- no es que eso me tranquilizara mucho, pero asentí suavemente.
Me incorporé y salí de la cama. Fue un alivio mover las piernas. Recorrí la habitación inspeccionando cada sitio de ella. Al fin terminé sentada de nuevo en la cama junto a Irusail.
-         ¿se sabe algo de Marina?
-         Si. Lucía llamó esta mañana y dijo que Javier ha vuelto a su palacio en el norte y se ha llevado a la niña con él. Pero lucía y Herat estaban ya tras sus pies.
Me tensé y apreté fuerte las manos de nuevo. Mi pequeña hermana, con solo cinco años y una magia que seguramente no sabría controlar. Para ella todo sería extraño. ¿La tendría Javier en un sótano sucio como me tuvo a mí? Rezaba por que se hubiese apiadado de su carita dulce y su pelo caoba y la hubiese tratado bien. Me dí cuenta de que al otro lado de la ventana llovía, algo bastante extraño teniendo en cuenta que era Julio.
-         ¿llueve?- pregunté sin pensar.
-         Si es una pequeña tormenta veraniega.
-         Claro- dije sin más.
Se oyó un ruido sordo y Silvia entró en la habitación a toda prisa.
-         largo- dijo dirigiéndose a Irusail
-         pero…
-         nada de peros. Fuera he dicho.- intentaba sonar autoritaria, pero una sonrisa burlona asomaba en su boca.
-         De acuerdo. Estaré abajo si me necesitáis.
Silvia se acercó a mí y me besó la mejilla. Luego abrió mi maleta y empezó a sacar ropa de ella.
-         venga rápido. Tienes que ducharte y vestirte.- se giró hacia el lado derecho de la habitación- ahí esta el baño.
-         Pero si no hay nada.- repuse mirando la pared verde.
-         Controla mentalmente la necesidad de un baño.- hice lo que ella me pidió y apareció una puerta negra en la pared.- solo tú puedes descubrir esa puerta, puesto que es tu habitación y por lo tanto tu baño.
Ella siguió revolviendo mi ropa en la maleta mientras yo fui al bañó. Para mi sorpresa el baño era todo lo contrario a la habitación. Todo blanco y azul. Excepto las toallas que eran negras como el carbón. Me metí en la bañera y abrí el grifo del agua caliente. En un estante de cristal había varios champuses, mascarillas y jabones. Me lavé el pelo con entusiasmo y apliqué mucha mascarilla a mi pelo sucio. Cuando al fin salí de la bañera me sequé con las toallas negras y me recogí el pelo. En esta ocasión me hice dos trenzas que caían por mi pecho hasta la mitad del vientre. Me contemplé durante un rato en el espejo. Hacía al menos una semana desde que me había mirado en el espejo de mi casa después de correr, antes de ir a aquella cita que lo cambió todo. La raíz de mi pelo castaño era cada vez más grande, tendría que conseguir un tinte negro en algún sitio. Me quité las vendas que Irusail me había puesto y contemplé las heridas verdosas de las muñecas. Eran horribles, era impresionante lo que podían hacer aquellas cuerdas hechas con sangre. Me anudé una de las toallas al cuerpo y salí a la habitación. Silvia había desparecido y había dejado todos mis vestidos esparcidos sobre la cama y el suelo. Elegí uno negro que me encantaba. Me lo puse y cerré la cremallera. En ese momento noté la ausencia de un espejo en la habitación y la necesidad de ello. Y de pronto apareció un espejo de cuerpo entero junto a la puerta de entrada. Entonces me di cuenta que todo en aquella habitación aparecía si yo lo deseaba. Desee con todas mis fuerzas tener un ordenador, pero no tuve tanta suerte. Aún así me acerqué al espejo para ver si me había puesto bien el vestido. Estaba perfecto, justo como a mí me gustaba. El escote de palabra de honor dejaba al descubierto la parte superior de mi blanco pecho y al girarme comprobé que la rosa que llevaba tatuada en el hombro quedaba totalmente visible. Recogí junto a la cama unas sandalias de tacón negras con varias lentejuelas plateadas. Me miré en el espejo y vi de nuevo a Isil. Sentí un escalofrío que me recorrió toda la espalda. El día lluvioso traía mucha humedad. Busqué entre las cosas que todavía quedaban en la maleta y encontré lo que buscaba. Saqué la rebeca negra y me la puse sobre los hombros. Una vez vestida completamente salí de la habitación. Comprobé que la casa era mucho más grande de lo que la había imaginado. Tenía aspecto de palacio con todos aquellos pasillos y cuadros en las paredes de más de cuatro metros. Al final del corredor había unas escaleras enormes que conducían al piso inferior. Con cuidado de no tropezarme con los tacones bajé hasta que llegué a un salón enorme con varios sillones y sofás negros y rojos. Era como si todo en aquel sitio fuera negro o rojo. Oí susurros a mi derecha, me encaramé por un pasillo hasta llegar a otro salón más pequeño. Este salón era totalmente distinto. Estaba formado por alfombras y tapices de varios colores. En el suelo sobre las alfombras había grandes cojines que actuaban como asientos, sobre los que se encontraban mi abuela y el resto de personas que se encontraban en la casa. Al parecer no esperaban que los encontrase puesto que todos guardaron silencio y me miraron igual que si hubiesen visto un fantasma. Pensé que Irusail no les habría dicho que ya estaba libre. En ese momento me di cuenta de que tanto Irusail como Silvia estaban ausentes. Nadie tenía intención de hablar o al menos eso parecía así que tomé una decisión y me planté justo en medio para que todos me viesen.
-         ¿acaso habéis visto un fantasma?
Ninguno abrió la boca siquiera para contestar, seguían mirándome y observando todo mi cuerpo hasta que llegaban a mi cara y allí se quedaban con una cara indescifrable. Como no me apetecía seguir hablando sola me senté en uno de los cojines junto a mi abuelo. La verdad comenzaba a desesperarme el hecho de que todos me estuviesen mirando de esa manera y que ninguno se atreviera a hablar. Las palmas de las manos me sudaban y sentí un cosquilleo de angustia en el estómago.  Sentí que me mareaba y me dio la sensación de que si esa situación seguía por mucho tiempo iba a vomitar allí mismo. Al fin Ester habló.
-         ¿estas mejor Isil?
-         Si, estoy estupendamente.- se que era algo pesada pero necesitaba saberlo.- ¿mis padres?
-         Esta tarde entraron en el palacio Criti donde están Javier y Marina. Como muy tarde mañana estarán aquí.- fue mi abuelo el que habló y me sentí feliz de poder escuchar aquello.
El nerviosismo se marchó dejándome una capa de sudor sobre el cuerpo. Parecía que ya no me miraban de aquella manera, pero todavía me sentía vigilada. Se oyeron una risas provenían del pasillo. Irusail apareció tan guapo con su piel morena y su pelo negro. Sostenía una bandeja en las manos con varias tazas de café, y estaba riendo a su espalda. Detrás de si apareció una melena rubia unas piernas largas. Silvia se reía como una loca feliz junto a él con otra bandeja en las manos. Sentí envida. Sí. La sentí. Verlos tan felices riendo de lago que seguramente sería una tontería. Verlos mirase de esa manera, me hizo daño. Yo desee poder reírme tontamente con Irusail, lo desee con todas mis fuerzas. No podía tener claros mis sentimientos hacia aquel chico cuando ni siquiera lo conocía. Al ver que todos guardábamos silencio se callaron y se sentaron sobre unos cojines enfrente de Claudia. Dejaron las bandejas en el centro y se acomodaron. Para mi asombro fue Laura la que se levantó e hizo un gesto para que todos le prestáramos atención.
-         creo que todos sabemos que es hora de que Isil entre en contacto con el Luipa. La han protegido durante años, pero ahora Javier la ha encontrado y solo es cuestión de tiempo que intente atacarnos si al menos ella tiene todo su poder para entonces, quizá tengamos posibilidades.
-         Si Laura tiene razón- añadió Moisés.- el problema es donde conseguiremos que ella baje al Luipa. Todas las entradas están vigiladas.
-         Todas no.- mi abuela levantó la vista hacia Laura- la de Lucentum no.
-         Con Lucentum ¿te refieres a la antigua Alicante romana?- todos asintieron con la cabeza.
-         Aquella ciudad también estuvo habitada por sidazes. Sidazes que construyeron una bajada hasta el Luipa. Pero la bajada está en ruinas y no se usa desde hace años.
-         Si pero ahora hace demasiado calor para acceder a ella. Deberíamos esperar unas semanas.
-         Tienes razón. De momento nos quedaremos aquí.
De la misma manera que la situación había empezado tensa ahora todo se volvió alegría. Cada uno se volvió a hablar con el de alado y a reír como si fuese una reunión de amigos. Todos reían y charlaban pero yo no podía concentrarme en nada. Solo podía mirar a Irusail. Se había cambiado, llevaba unos vaqueros ajustados y una camiseta negra de manga corta que dejaba todos los músculos de sus brazos al aire. Debió de darse cuenta de que le miraba por que alzó la vista hacia mí y me sonrió. Fue una sonrisa esplendida, una sonrisa que no pude evitar devolver. A su lado pude ver como Silvia se tensaba y se giraba hacia otro lado intentado apartar la vista de nosotros. Era evidente que yo no era la única celosa. Pero el siguió sonriéndome manteniendo nuestras miradas entrelazadas durante largo rato. Me sentí feliz, muy feliz. Pronto me cansé de aquellas conversaciones que no tenían nada que ver conmigo y me marché de allí. Como no conocía el lugar decidí inspeccionar. Encontré al final de uno de los pasillos una cocina, donde se podría cocinar para unas doscientas personas. Sobre una de las encimeras se encontraba una barra de pan. No era consciente del hambre que tenía hasta que vi aquella barra. Conseguí un poco de queso de la nevera y me hice un bocadillo. La cocina estaba tan silenciosa, desde allí no se escuchaban las risas y conversaciones del saloncito. El queso de derretía en mi boca y me calmaba el hambre. Prácticamente me lo comí corriendo. Una vez terminé limpié todas las migas.


Cuando ella salió del salón sentí el impulso de seguirla. Se había vestido tan elegantemente. El negro le sentaba bien, le resaltaba los ojos ya que su pelo se fundía con la tela negra de aquel ajustado vestido. La vi mirarme un par de veces y no pude más que sonreírle. Sabía que no podía correr tras ella a la cocina, todos se darían cuenta de lo mucho que aquella chica me atraía. Seguí oyendo lo que Silvia me decía sin escucharla realmente. Solo podía pensar en cuanto me gustaría besar las pecas de su naricita rechoncha. Silvia se dio cuenta de que no le hacía caso y me hizo gestos para que volviese a la Tierra.
-         Silvia, la verdad es que no tengo muchas ganas de hablar.
-         Adelante vete tras ella.- hizo una mueca de mujer paciente.
Como realmente era eso lo que quería, agradecí que Silvia fuese así. Mi Silvia, con sus ojitos chocolate. De pronto sonrió y yo supe porque, ella tras los parpados veía un ramo de rosas para ella. Y ese ramo de rosas era el que yo había implantado en su cabeza, simbolizando aquel regalo de cariño hacia ella. Salí de aquella habitación y la busqué por todo el palacio, cuando al fin la encontré comía un bocadillo en la cocina. Era gracioso verla vestida de esa manera y que comiera un bocata. Me apoyé en el marco de la puerta y vi como terminaba de comer y lo limpiaba. Cuando se giró para salir me vio.
-         ay, ¡perdón!-dijo- seguro que he tocado algo que no debía.
-         No, solo estaba viéndote comer- su expresión se relajó- es extraño verte vestida así y verte comer un bocadillo.
-         Ya supongo, pero prefiero eso al sushi.
Su risa me sonó bastante infantil y divertida. Nada que hubiese escuchado hasta ese momento. Realmente era la primera vez que la escuchaba reír. Me recosté contra la encimera y le miré a los ojos.
-         ¿Qué se siente al ser libre de nuevo?
-         Cuando lleve unas horas más de libertad podré contestarte a ello. Pero es un alivio poder mover de nuevo el cuerpo.
Me asombró que ella también se recostase contra la encimera a mi lado. No la conocía casi, pero la sentía muy cerca. En aquel momento éramos dos viejos amigos que se encuentran después de mucho tiempo. Mi brazo le rodeó los hombros automáticamente, debería haberse apartado pero en lugar de ello apoyó su cabeza en mi hombro.
-         no me está resultando nada fácil todo esto.
-         Es normal, nadie se hace sidaz en una semana. Pero en cuanto te bautices como una sidaz todo será más fácil. Y debes recordar que tu mente y tu poder responde a ti. No necesitas saber más.
-         Pero no se usar mi magia.
-         Te equivocas. ¿nunca has querido tener la luna?
-         y eso ¿se puede saber a que viene?
-         Solo responde- le corté.
-         Pues si.- pero al ver que yo no me daba por satisfecho. Muchas veces he querido tener la luna.
Sin soltarla la arrastré hasta la ventana. Aunque eran las seis de la tarde había una luna perfecta en el cielo.
-         ¿Eso lo he hecho yo?
-         Si. Has atraído a la luna hacia el punto de la tierra donde te encuentras. También afectas en las mareas.
-         Y exactamente ¿Cómo funciona?
-         Es muy simple. Somos sidazes de la corte del mar, y por lo tanto además de los poderes básicos, controlamos muchas cosas que tiene que ver con él.
-         Entiendo.
Se quedó bastante rato delante de aquella ventana observando la luna que ella había atraído. De pronto el mar comenzó a retirarse y luego volvió. Cualquier humano pensaría que había mucho oleaje, pero yo sabía que ella manejaba la marea.


Una música retumbó en toda la habitación. Juraría que era… nada. Todavía estaba medio dormida. Sentía los parpados terriblemente pesados. Me revolví en la cama hasta quedarme boca arriba totalmente destapada. Era maravilloso volver a dormir con mi camisón. Cuando mi cabeza se despejó y estuve totalmente consciente, repasé la tarde anterior.
Irusail estuvo conmigo hasta tarde dimos una vuelta con Silvia y Laura y luego volvimos a palacio. Al salir pude ver que donde nos encontrábamos era un palacete a la orilla del Mediterráneo. La fachada era roja y daba la sensación de ser antigua. Pero lo mejor era el camino para andar sobre los acantilados y una playa enfrente de la casa. Silvia decía que teníamos que ir a coger un buen bronceado. Bajé a desayunar. Había gente nueva. Todos estaban en grupos. Vi a Silvia y Ester en una mesa. Desayune con ellas y luego quedamos en bajar a la playa. 
Entre mis cosas encontré mi móvil sin batería. Hacía tanto que no lo usaba, era como si llevase todo este tiempo desconectada del mundo. Lo puse a cargar y recogí el bikini negro. Cuando al fin estuve lista bajé a la playa. Ester y Laura ya estaban allí. Coloqué mi toalla junto a las suyas y me senté a charlar con ellas.
Pronto bajaron Silvia y Ana. No podía evitar mirar en derredor. No había visto a Irusail desde la noche anterior.
-         se ha ido
-         ¿qué?- pregunté sobresaltada.
-         Irusail se ha ido. Ha ido a recoger a su padre y a su tía. Seguramente mañana ya estará aquí.
-         Ah- fue lo único que conseguí decir. Me sentía un poco mal porque sabía de sobra lo que Silvia sentía por Irusail.
Pasaron dos días y no supe nada de él. Hasta que al fin el miércoles volvió.


16 sept. 2010

Embrujo

Si te gustan las historias de amor con este libro pasarás un buen rato. Pero es más para cuando no tienes nada que leer y decides pasar el rato. Es una extraña historia enredada y con seres distintos. Los ecos. La protagonista Jade es una eco. En realidad medio pero ella no lo sabe. Sin saber la naturaleza de sus actos se afilia con la resistencia de su ciudad y ayuda a los ecos a derrotar a La Lady e todo momento. Pero tiene un enemigo Faun. Un nórdico que se hospeda en su hotel y esconde oscuros secretos, además de bestias. Se enamorarán y tendrás sus maravillosas noches para los dos, pero por el día cada uno debe de servir a su deber y son...totalmente opuestos. Para cuando ella descubre que es en realidad rescata al príncipe del Invierno y derroca a La Lady. Y gracias a ello puede marcharse con su querido Faun lejos a recorrer lugares con los que hasta ese momento no había podido imaginar.
Si no tienes nada para leer, es un libro entretenido y facilón, pero no lo deseches pues para gustos los colores y quién sabe a lo mejor...

12 sept. 2010

cap 3


3

Me llevé una mano al pecho. Estaba viendo a mis padres de lejos. Ella levaba un elegante vestido rojo hasta los tobillos. Él sin embargo llevaba unos vaqueros y una camisa. El pelo negro de mi madre revoloteaba alrededor de los dos, su cabello le llegaba hasta la cintura. Ella nunca había visto a Lucía con el pelo tan largo. Parecían más jóvenes.
-         debo volver a la fiesta.- dijo ella sonriendo cuando él la abrazó.
-         Quédate un poco más. Seguro que tú hermana se lo está pasando tan bien que no te echa en falta.
-         Herat debo irme. Como quedare si la gente se da cuenta de la hija menor de la princesa no está en la boda de su hermana. – aún así de sus protestas permitió que el la atrajera hacía si. Se fundieron en un apasionado beso.
-         ¿te casarías conmigo?- ella lo miro sorprendida, pero pronto sonrió.
-         ¿es una proposición?
-         Si.- él no necesitó que le respondiese. Volvió a besarla y a acariciar su cabello.- si alguna vez tenemos una hija quiero que se llame Marina.- sentí un fuerte dolor en el pecho. Puse mi mano sobre mi corazón. Mis padres no me llamaron así, sino que llamaron así a mi hermana.

Un presentimiento de todo lo que había escuchado aquella tarde. Mis padres eran mis tíos, ellos simplemente habían cuidado de mí durante aquellos años. Su verdadera hija era Marina, esa niña de seis años que yo quería tanto. Todo era distinto ahora que lo sabía, todo. De pronto la imagen de mis padres empezó a desvanecerse, y con ellos el resto del sueño. Poco a poco la luz fue inundando mis parpados. Con sumo cuidado fui abriendo los ojos. Cuando por fin estuve despierta del todo, mire a mí alrededor. Me encontraba acostada en una cama de matrimonio que no era la mía. A mí lado había un sillón donde dormía un muchacho. Pestañee un par de veces hasta asumir lo que veía. El chico era el que me había sacado de aquel sótano. Aquel muchacho al que yo había llamado hermosos. Me sonrojé incluso sabiendo que él no me miraba. Esperaba de todo corazón que el no me hubiese escuchado cuando yo lo dije. Intenté moverme con sigilo pero estaba demasiado cansada y me golpee con el sillón al intentar levantarme. El chico abrió los ojos de golpe. Vi como todo su cuerpo se ponía en tensión y se proponía atacar cuando vio que yo estaba incorporada en la cama.
-         ah- dijo con voz somnolienta.- eres tú.
-         Yo…- no sabía que responder. No sabía en que momento había llegado a esta cama que supuse era suya. También supuse que él me habría acostado en ella y… asustada moví la sabana para ver que llevaba puesto. Suspiré aliviada al ver que llevaba mi vestido azul y que él no me había quitado más ropa que los zapatos. Debí de sonrojarme, porque una sonrisa le cruzó de oreja a oreja.
-         ¿ha dormido bien?- preguntó con la sonrisa burlona todavía en la cara.- no sabía si mi cama sería de su agrado.
-         No me hables de usted.- dije malhumorada. Me hacía sentir como alguien mayor.- y si la cama ha sido estupenda gracias. Y gracias por sacarme de aquel sótano.
-         De nada.- su sonrisa desapareció.- yo… siento que mi abuelo te hiciese eso. Él no tenía ningún derecho a secuestrarte, pero ya sabes es un dictador.
-         No tienes por que disculparte- dije con la voz más dulce y suave que pude. Vi que aquel chico del que todavía no sabía el nombre, estaba sufriendo.- se que tu abuelo es cruel. Laura me contó lo que le hizo a sus hijas. Supongo que una de ellas era tu madre.
-         Si- suspiró.- la mató cuando yo tenía dos años.- sentí el impulso de abrazarlo y consolarlo, pero supuse que no era lo que debía hacer. Aún así mi cuerpo me desobedeció y se acercó a él. Él no se movió cuando las yemas de mis dedos rozaron sus morenas mejillas. Su mano atrapó la mía y la retuvo un rato en su mejilla para luego apartarla.
-         Lo siento- susurré.- si te sirve de consuelo yo acabó de descubrir que mis padres en realidad no lo son, y que yo maté a mi madre en el parto.- en el momento que terminé de decir aquello me arrepentí de haberlo siquiera pensado.
-         Yo siento todo lo que te ha sucedido en estas últimas veinticuatro horas. Supongo que no será fácil afrontar tu nueva vida- dicho esto soltó mi mano y se levantó del sillón.- vamos
-         ¿a dónde?- antes de que pudiera protestar me cogió en brazos y me levantó fácilmente de la cama.
-         Quiero que veas algo- susurró junto a mi oreja. El hecho de que estuviese tan cerca de mí me ponía el vello de punta. Me llevó en brazos hasta el jardín donde me dejó en el suelo. No recordé que iba descalza hasta que mis pies rozaron la hierba. El chico cuyo nombre todavía no sabía se acercó a una trampilla que había en el suelo y la abrió. Pronto se metió en ella y ya no pude ver su cara. Me sentí algo sola en el jardín cuando él hubo desaparecido, aunque sabía que no debía estar muy lejos. De pronto su cabeza volvió a salir a la superficie.- ven Isil- me dio un vuelco el corazón a ver que pronunciaba mi nombre, pero pronto me sentí culpable de no saber el suyo.

Cuando me acerqué a la trampilla vi unas escaleras que llevaban al piso de abajo. El chico me tendió la mano para que bajase por ellas. Pero a mitad del recorrido cuando aún quedaba un metro y medio para tocar el suelo me tropecé con el vestido y caí.

Me asombré de caer de cuclillas sin lastimarme nada. Dos días antes si me hubiese caído desde esa altura me hubiese roto algo seguro. El chico me miraba preocupado desde la escalera. Sus ojos verdes recorrían mi cuerpo en busca de alguna lesión. Cuando se cercionó de que estaba bien terminó de bajar las escaleras.
-         ¿te encuentras bien?
-         Si. Perfectamente- dije sonriendo. Cuando me devolvió la sonrisa y pude apreciar su perfecta dentadura, me sentí muy feliz.- me gustaría saber como te llamas.
-         O si lo siento. Todavía no me he presentado. Soy Irusail.- me tendió la mano, se la estreché con fuerza.
-         Yo soy Isil.
-         Si lo se- fue todo lo que dijo antes de dirigirse hacía una puerta que había a nuestra derecha y abrirla.

Detrás de la puerta había una enorme piscina junto a un invernadero. Irusail (era un alivio saber el nombre de aquel chico) se dirigió hacia el invernadero. Cuando entré me di cuenta de que realmente no era un invernadero. Era un cementerio al estilo Inglés. Había unas quince tumbas. Irusail se dirigió a la más grande y llamativa, cuando me acerqué conseguí leer Mar Lostrud en ella. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo en aquel momento.
-         es tu madre- fue lo único que dijo Irusail antes de salir de allí. Me quedé sola en el cementerio.
Me arrodillé junto a la lápida de Mar y pasé las manos por las grabaciones de su nombre. No me dí cuenta de que estaba llorando hasta que las lágrimas me bajaron por el cuello. Sequé las lágrimas con mi brazo y me tumbé en el suelo con mi cabeza rozando la lápida.
-         mamá- conseguí decir entre lágrimas. En realidad yo no la había conocido y no sabía por que le lloraba. Pero un sentimiento de tristeza me inundaba el pecho.

Nada sucedió. Nada cambió en mi interior. Pero supuse que eso era normal. Nunca la había conocido, nunca había sentido que tenía una madre muerta a la que llorar. Pero aún así las lágrimas se escapaban como criminales huyendo por mis mejillas hasta el suelo, hacía la libertad que el césped les proporcionaba cuando se perdían en la hierba. Sentí el dolor que me produjo saber que todo lo que había creído durante años era mentira. Me había criado en una familia adinerada constituida por dos padres y una hermana pequeña. Mis padres no eran otros más que mis tíos y mi hermana mi prima. En algún lugar del mundo tenía un padre perdido que lloraba mi falsa muerte y al mismo tiempo la de mi madre. La hierba estaba fresca a diferencia del calor bochornoso que sabía que hacía fuera. La lápida de mi madre también tenía esa temperatura. Me incorporé y recorrí el resto del cementerio. Tres  lápidas más tenían el apellido Lostrud grabado en ellas. Supuse que serían el resto de las madres los otros príncipes  que murieron aquella noche. Había once lápidas más. Diez de ellas tenían la misma fecha de defunción que mi madre y el resto de princesas. Pero había una- la más escondida estaba- que tenía dos fechas. Pude ver los nombres de dos chicas grabados en la piedra. Con dos fechas distintas: una hacía casi dieciséis años y la otra hace tan solo dos. Me senté junto a esa tumba. Supuse que serían hermanas puesto que compartían apellido. Pude apreciar que en la parte de arriba de la lápida había un dibujo labrado. Era un león pequeño con su melena al viento. Aquella imagen me sonaba mucho. La tenía en la cabeza sin parar de darme vueltas hasta que la localicé. Ese dibujo era el mismo que llevaba la hebilla del cinturón de Javier cuando lo vi por primera vez.
-         es la tumba de mi madre y de mi tía.- la voz de Irusail me sobresaltó. Tanto que dí un bote y caí al suelo. El rubor me inundó las mejillas y las orejas haciendo que no pudiese mirarlo a la cara.- mi padre es el encargado del cementerio. Cuando mi abuelo intentó mataros a ti y al resto de bebes mi padre y otros sidazes escondieron los cuerpos y los trajeron aquí. Más tarde cuando mi madre y mi tía murieron mi padre quiso que estuviesen aquí rodeadas de sus amigas.
-         ¿Mi madre y la tuya fueron amigas?- me sorprendía bastante el hecho de que la madre de aquel chico misterioso al que apenas conocía estuviese enterrada junto a la mía por que eran amigas.
-         Si. Por eso mi abuelo mató a sus hijas- guardo silencio un momento mientras mantenía una batalla interior. Una batalla que yo podía ver en sus ojos.- mi madre fue la que te sacó de allí aquella noche, y te entregó a tus tíos. Cuando mi abuelo la encontró tú ya estabas a salvo y por lo tanto la mato. Yo solo tenía dos años y tú…- volvió a guardar silencio. – tú tenías tres meses.
-         Yo…- las lágrimas volvían a escaparse de mis ojos, rebeldes. De verdad que lo siento mucho. Y le estoy agradecida a tu madre por salvarme. Bese mi mano y luego la deposité en la lápida. Luego me levanté hice lo mismo con la de mi madre y salí de allí. Me dirigí de nuevo hacia las escaleras, que subí enseguida abrí la trampilla y salí al exterior. Sentía que la situación era demasiado para mí. Seguí llorando no podía dejar de hacerlo. Pero ¿Por qué llorar? Por gente que no había conocido. La cabeza me daba vueltas. Allí en mitad del jardín me sentía solo muy sola. Como si fuese la última persona sobre la Tierra que ha visto morir a sus seres queridos. Como si toda mi vida se hubiese ido para siempre y ya no la pudiese recuperar. El mareo llegó junto con una presión en el pecho que no me dejaba respirar. Intenté apoyarme en algo pero no encontré nada. Las piernas me fallaron y me derrumbé en el césped. Estaba fresco y húmedo, me alivió el dolor del pecho, sentí que la respiración volvía a un ritmo normal. Poco a poco mi cabeza se fue despejando y las lágrimas dejaron de brotar. Quería seguir llorando pero no debían de quedarme gotas en mis ojos. Me hice un ovillo y me agarré las piernas sintiéndome algo mejor. Repase mentalmente todo lo que había descubierto desde el secuestro. Yo no era quién creía haber sido durante estos dieciséis años, las imágenes pasaron por mi cabeza como en una película haciéndolo más duro. Cuando llegue al colegio y conocí a Silvia, mis abuelos cuando vinieron a vivir a la ciudad, mamá embarazada, en nacimiento de Marina, yo y Marcos… un grito de desesperación salió de mi interior escupiendo la confusión que había en mi interior en esos momentos.

Irusail estuvo a mi lado antes de que él grito terminase. Me puso una mano en el vientre. No sabía por que lo hacía hasta que me di cuenta de que estaba convulsionándome. Llamó a gritos a su padre, que estuvo allí enseguida. En la mano llevaba un tarro con el líquido verde con olor a vainilla. Entre los dos me estiraron, es decir hicieron que me tumbase recta. Irusail no quitó su mano de mi vientre en ningún momento es más, la apretaba cada vez más haciéndome saber que estaba allí. El hombre adulto hizo que levantase la cabeza y que bebiese el líquido que llevaba en el tarro. No me resistí porque todo mi cuerpo estaba deseando tomarlo, todavía recordaba lo bien que me había sentido la primera vez que lo había tomado. Cuando terminé de beber volvieron a colocarme la cabeza en el suelo. Volví en mi misma a los dos minutos más o menos, aunque todavía no me sentía lo suficientemente fuerte para levantarme. Lo primero que pude mover fueron las piernas agarrada a las manos de Irusail fui incorporándome. El hombre ya no estaba allí supuse que estría dentro de la casa. La fuerza de la poción Estévez no fue tan fuerte como la otra. Seguía sintiéndome débil, las manos de Irusail pronto dejaron de serme un buen apoyo y estuve a punto de caer. Él paso una mano a mis piernas y me levantó en brazos. Me llevó por toda la casa hasta la habitación donde me había despertado por la mañana. Con cuidado me acostó en la cama, dejando la cabeza para el final. Quería agradecerle  todo lo que estaba haciendo por mí, pero las palabras no quisieron salir de mi boca. Sus manos me acariciaban la cara con tranquilidad. Cerré los ojos con fuerza y me quedé dormida.


No sabía por que se había puesto así. Cuando oí el grito pensé que alguien la habría atacado. Por eso subí a toda prisa las escaleras para encontrarla tirada en el suelo con espasmos y la cara húmeda de las lágrimas. No me di cuenta de que le estaba dando un ataque nervioso hasta que no estuve a su lado. Le puse la mano en el vientre para intentar que estuviese quieta y llamé a mi padre. El supo enseguida lo que había que hacer y trajo la poción del Luipa consigo.
En ese momento ella dormía en mi cama, con mis manos acariciándole el rostro. Era impresionante lo guapa que estaba a pesar de llevar el pelo revuelto y la cara sucia de las lágrimas. Si la hubiese conocido en una fiesta sería el tipo de chica con la que me hubiese enrollado. Tan guapa. Tuve de despejar esos pensamientos de mi cabeza, por que ni la había conocido en una fiesta ni ella era una chica cualquiera. Sabía que no podía hacer nada más que protegerla e intentar devolverla con su familia. En ese momento mi padre entro por la puerta. Con su camisa hecha polvo y su barba sin afeitar de varios días. Me impresionaba mucho como había empeorado con los años. Mi tía siempre decía que le faltaba vitalidad desde la muerte de mi madre pero desde que mi tía murió ha sido catastrófico. Apenas sonríe y las ojeras debajo de sus ojos son cada vez más grandes. La postura de su cuerpo hace que parezca que lleva un peso muy grande sobre los hombros y su belleza ya no es la misma de antes.
-         ¿cómo está?- preguntó.
-         Está dormida- no era consciente de que seguía acariciándole la cara, pero vi que mi padre miraba fijamente mi mano y entonces la retiré.
-         No olvides quien es- dijo en tono cortante- he llamado a su casa. Me ha contestado su madre.- vi el dolor en sus ojos. Sabía lo que significaba para él. La madre de Isil y la mía habían sido mejores amigas y por eso ella salvó a Isil poniendo en peligro su vida.- dice que Isil hace más de un año que sufre problemas nerviosos y que está tomando medicación, hemos tenido mucha suerte de que no se hiciera daño a si misma.
-         Pero como puede tener problemas nerviosos, es una sidaz.- la verdad es que no me cuadraba, un sidaz ya es de por sí mucho más resistente y sano que un humano, pero además ella es la más poderosa de los sidazes.
-         El río hace años que le envía imágenes. Imágenes que ella no puede interpretar. Si ella está lejos del río cuando recibe esas imágenes se puede volver loca. Todo lo que le contaste hizo que el bloqueo de las pastillas desapareciera y que el río se abriese camina hasta su mente.- hizo una pausa y supe que la había puesto en peligro. Al contarle toda aquella realidad había hecho que ella perdiese la concentración y la fuerza. Me sentí muy mal por ello pero seguía sin comprenderlo.
-         Pero no logro entenderlo. El río no debería hacerle daño.
-         El río la necesita tanto como ella al río. Son las dos mitades de un mismo poder. Si ella no va a Luipa…
-         Luipa ira a ella.- corte antes de que siguiese.- lo se, lo se. Es solo que me cuesta creer que necesite destrozarle los nervios para llamarla. Bueno y que te ha dicho su madre.
-         Que debe quedarse aquí. Es peligroso que vuelva a su casa. En cuanto sepan que no les siguen vendrán a verla. Y por cierto Silvia ha vuelto a llamar.- ay Silvia. No era un buen momento para hablar con ella pero sabía que si no lo hacía se pondría histérica. Me levanté y fui hasta mi móvil que estaba encima de la mesa. Puse marcación rápida dos y soné el timbre de llamada. Al primer toque lo cogió.
-         Irusail…- su voz sonaba gritona- menos mal ¿Por qué no me has llamado antes?
-         Hemos tenido problemas con Isil
-         ¿problemas? ¿que clase de problemas?
-         Bueno ya te contare. ¿tú estas bien?
-         Si mi madre se asustó mucho al ver que llegué herida pero no ha sido nada grave. Laura vino ayer a mi casa a decirme que las habías sacado de allí. Ella me curó.
-         Bueno al fin y al cabo te debía una ¿no?
-         No…- noté el silencio y sabía perfectamente que venía después.- Irusail ¿porqué no viniste a verme?
-         Silvia, por favor ahora no.
-         ¿qué pasa? Ya te ha engatusado.
-         Estas loca, no me ha engatusado-dije deseando que la conversación se terminase.- eres demasiado celosa.
-         Lo hace siempre. Siempre engancha a los chicos con su bonita mirada verde.- intenté cortarle- ¿está ahí?- si. Respondí vagamente.- déjame hablar con ella. Déjame hablar con ella- repitió.
-         No puedes hablar con ella ahora Silvia.- siguió protestando hasta que no lo soporté más y grité- está durmiendo, ha tenido un ataque de ansiedad ¿vale?, déjala tranquila. Está muy, muy mal.- el silencio que me llego desde el otro lado del teléfono hizo que me calmase un poco.- bueno ya hablaremos en otro momento. Adiós.- colgué.

El cuerpo de Isil se movió bajo mi mano, inquieto. Supuse que los gritos la habrían sacado del sueño. Retiré la mano de su cara y esperé que despertase. Dos ojos enormes se abrieron con lentitud, proyectando luz verde a toda la habitación. Las pestañas le proyectaron sombras que parecían flores sobre las mejillas. Miraba la luz por la ventana. De pronto la imaginé tantos años sin saber quien era, viviendo lejos de lo que necesitaba para vivir, lejos de su padre y sin saber que su verdadera madre estaba enterrada a las afueras de la ciudad. Imagine su carita sonriente cuando su hermana nació y luego la imaginé dándole ataques de ansiedad por no poder controlar la situación, que ella veía en las imágenes. En ese momento su cara estaba tranquila, me miró y esbozó una leve sonrisa.
-         ¿te he despertado?- susurré, ya estaba despierta pero me daba miedo alterarla- he hecho demasiado ruido. Lo siento
-         No tranquilo.-con mucho cuidado se fue levantando hasta quedarse sentada en la cama- quiero ir a casa.- me pilló por sorpresa, sabía que no podía llevarla a casa, por que era muy peligroso. Pero en ese momento no supe que responder.
-         Veras…
-         Quiero ir a casa- respondió cortante- tanto si me llevas tú como si no. No puedo quedarme aquí más tiempo. Necesito irme a casa.
-         De acuerdo, te acompañaré.

 Fui a por el coche y pusimos rumbo a la ciudad. Ella permaneció callada todo el recorrido, mirando sus uñas con desesperación porque una de ellas estaba rota. De vez le echaba un vistazo con miedo a que le diese otro ataque y no la pudiese controlar. Pronto vimos los almacenes en las puertas de la ciudad. Las urbanizaciones de Babel y San Gabriel aparecieron ante nosotros conforme entrábamos en Alicante. Isil comenzó a prestar atención cuando llegamos al centro.
-         vivo en la Explanada
-         Lo se.- me miró sorprendida ante aquella afirmación.- he rastreado el poder de tus padres.
-         ¿qué has hecho qué?- pude ver la incredulidad en sus ojos.
-         Veras cuando conoces el poder de un sidazes puede rastrearlo.
-         ¿el poder?
-         El aura de magia que lo rodea.
-         Entiendo- pero pude ver en sus ojos que no era así. Pero no siguió con el tema. Se limitó a mirar el mar, tranquilo alado de la ciudad. Su pelo recogido en una cola revoloteaba con el viento que entraba por la ventana.

Cuando llegamos al aparcamiento del puerto, espero a que dejase el coche y bajó de él. Caminó como ida hasta la puerta de su edificio y llamo al timbre. Una voz dulce y suave salió por el altavoz. Isil debió reconocerla porque sonrió.
-         Abuelo soy yo.- la voz cambió para volverse dura y cautelosa.
-         ¿Isil? ¿qué haces aquí?
-         Tenía que venir, ábreme.- la puerta se abrió con un sonido sordo y entramos en el portal. Entramos en el ascensor e Isil pulsó el botón del cuarto piso.

Isil se mostró algo impaciente mientras el ascensor ascendía. Con sus uñas golpeaba una y otra vez la pared con una melodía que no conseguí identificar. Cuando al fin el ascensor paró y sus puertas se abrieron.
La puerta estaba abierta de par en par, en ella había una mujer con el pelo negro hasta los hombros y varias canas. Su cara era tan sumamente parecida a la de Isil que me asustó. Sus ojos verdes eran grandes y rasgados como los de ella, la nariz pequeña pero regordeta llena de pequitas. Pero aquella mujer era alta y flaca y despampanaba elegancia. Isil se lanzó sobre ella y la abrazó, aquella mujer le devolvió el abrazo y sostuvo a la muchacha contra ella acunándola como si fuese un bebé.
-         abuela ¿dónde están todos?
-         Han ido a buscar a Marina- una voz masculina – que identifiqué como la del timbre- salió por detrás de aquella mujer. Apareció un hombre grande y fuerte de  unos sesenta y pocos años, con el pelo ya blanco y algunas arrugas en la cara.
-         ¿Por qué han ido a buscar a mi hermana?

Otra voz más apareció en aquella casa. Una voz que yo conocía juvenil, femenina y musical. Una voz que yo conocía muy bien.
-         por que Javier vino a buscarte y encontró a tu hermana en vez de a ti.- la voz de Silvia llego hasta nosotros- No pudimos hacer nada se la llevó con él.

Isil asustada retrocedió fuera de la casa. Soltó la mano de aquella mujer y se pegó a la pared. Ninguno entendimos su reacción hasta que habló.
-         ¿qué hace ella aquí? Es humana.

-         Isil tranquila- dijo su abuela levantando una mano- Silvia no es del todo humana. Pasa y te lo explicaremos.
 Pero Isil no entró, permaneció allí con la espalda en la pared. Miraba hacia su abuela y luego a Silvia. El miedo y la confusión afloraron a sus ojos.
-         Isil, por favor.
-         De acuerdo, pero necesito que me expliquéis todo.- se separó de la pared y entró en la casa. Todos la siguieron, incluido yo.
Llegamos a un salón pintado de blanco con una pared color chocolate. Había dos grandes sofás blancos y una mesita baja de café. Todos tomaron asiento en los sofás pero yo preferí quedarme de pie a un lado.
-         Isil, sentimos mucho que te hayas tenido que enterar así de las cosas.
-         Antes o después pasaría. Lo que no entiendo el que ocultarais quien soy.- la rabia fue naciendo en ella, por que cada vez fue elevando más el tono de voz.- todos lo sabíais ¿no? Silvia, vosotros, papá, mamá, Marina…
-         Era por tu seguridad.- Isil se puso rígida y su abuela continuó.- Silvia no es una humana corriente. Es una humana bendecida por el río. Luipa le ha concedido dones para poder ser tu protectora.
-         Vaya pues veo que lo ha conseguido
-         No seas cruel- dijo Silvia, vi la tristeza que aquel comentario le había producido- no podía imaginarme que te secuestrarían en el baño. Si quería aparentar normalidad debía intentar llevar una vida normal. Solo he hecho lo mejor para ti.

 Isil rió, su carcajada fue limpia y llena de desesperación. Sus ojos contenían lágrimas que comenzaban a agruparse en sus lacrimales.
-         ya no se que debo y que no debo creer.



Sabía que estaba siendo cruel con todos. Pero necesitaba desahogarme. Sentía ganas de llorar y al mismo tiempo ganas de salir gritando de allí. La abuela con su maravillosa tranquilidad me miraba intentando convencerme de que era a ella a quién debía creer.
-         escucha lo que tu mente te dice. Sabes tan bien como yo que todo está en tu cabeza.
-         Tal vez tengas razón.- fue todo lo que dije.- por cierto ¿qué es eso de que Javier tiene a Marina?
La abuela apartó de mí sus ojos. Posó la vista sobre la pulsera de plata que mi hermana y yo le habíamos regalado por su último cumpleaños. La grabación de nuestros nombres y un corazón se reflejaba en sus pupilas.
-         contéstame- dije aguantando la desesperación y las lágrimas.
-         Vinieron rastreando tu poder y ella estaba sola…
-         ¿Qué LA DEJASTEIS SOLA?- dije chillando- ES UNA NIÑA.
-         Lo sé. Es el mayor error que hemos cometido- fue la primera vez que vi a mi abuela llorar. Siempre había sido una mujer fuerte y valiente, pero en aquel momento el amor por su nieta menor salió a flote.- pero ponerte a ti a salvo era más importante.

Fue lo último que oí, una imagen me vino a la mente. Un bonito prado verde entre montañas del mismo color. Un paisaje que en España no era posible ver. Por aquel prado pasaba un camino, mi mente siguió el camino hasta una cueva. En ella había un río. Sus aguas no eran transparentes, eran verdes. La cueva estaba decorada con varias velas de distintos tamaños y colores. Con los dedos tracé lo que estaba viendo y la imagen se dibujó en el aire de mi piso. Todos contemplaban en ese momento lo que yo les mostraba. En mitad del salón se veía la imagen de la cueva con el río y las velas.

-         lo ha vuelto a hacer- susurró Silvia.
-         ¿hacer qué?- el tono de Irusail dejó claro que no entendía lo que veía.
-         Enseñarnos el punto donde debe unirse con el río.- aquella voz no la reconocí, pero el si debió de hacerlo. Ignoró mi imagen y se centro en una mujer anciana que se encontraba en la puerta de la cocina.

Irusail corrió hacia ella y le besó las dos mejillas. Aquella mujer sonrió cuando el muchacho la abrazó y le acarició el rostro, como mi madre hacía conmigo.
-         tía Rosa.
-         Mi pequeño brujo, me alegro mucho de volver a verte.
-         Rescatamos a Rosa del mismo sitio donde tú encontraste a Isil- dijo mi abuelo, que había permanecido en silencio.

Me resultó extraño saber que Irusail tenía más familia además de su padre. Desde que le conocía me lo había imaginado como un niño huérfano, solo en el mundo. Sin embargo lo veía abrazado a aquella anciana mujer a la que llamaba tía. Lo que más extraño me pareció fue el hecho de saber que esa mujer estaba en el mismo sitio que yo y que él no la hubiese rescatado. Aunque claro, seguramente su misión era sacarme a mí de allí. Y todo lo demás estaba en un segundo plano. La imagen del río el la cueva seguía estando en medio del salón, sabía perfectamente que era yo quién la proyectaba pero no tenía ni idea de cómo. Seguí trazando todos los detalles que veía en mi mente con el dedo y la imagen fue siendo cada vez más opaca. Todos dejaron de mirar a Irusail y a su tía para mirar la imagen.
-         pero ¿Dónde será eso?
-         Solo hay un sitio donde puede ser- la voz de Rosa sonaba dura y sabia.- es en Escocia. Es el lugar donde surgieron los primeros sidazes.
-         Es imposible. Esa cueva se perdió hace más de cien años. En un derrumbamiento.- replicó Irusail.
-         O eso nos han dicho.- la voz de Rosa sonó burlona en esa ocasión.- hay leyendas que dicen que el rey Robert la mandó tapar y que solo él conocía la entrada. Las leyendas dicen que lo hizo para proteger el sagrado corazón del río y otras leyendas dicen que solo lo hizo porque es el lugar donde la sangre de los príncipes debe de unirse a la sangre del río y que así evitó que nadie que no fuese de su familia gobernase el Luipa.
-         Vaya me encanta el gobierno de mi especie, creo que no hay nadie que no sea corrupto.- dije sin pensar. Todos se volvieron a mirarme- esto… no he dicho nada ¿vale? Seguir.
-         Tal vez ese camino que se ve por allí- mi abuela tocó la imagen como si fuese una pantalla táctil. De su mano surgió una neblina dorada y la imagen se movió con ella. En ese momento apareció la primera imagen que yo había visto las montañas y el camino que llevaba a la cueva.- sea el que lleva a la entrada.
-         Pero no podemos saber que montañas son esas.- Silvia también se levantó y se acercó a la imagen pero ella se limitó a contemplarla.- si pudiésemos saber al menos en que zona de Escocia son.
-         ¿Isil?- se giró mi abuela hacia mí. ¿puedes alejar más la imagen?- negué con la cabeza. No podía ver más allá de esas verdes montañas.- bueno está bien por hoy. Tranquila ya puedes diluirla.- tan pronto como pensé en que la imagen desapareciera, esta desapareció.
-         Antes habéis dicho que no es la primera vez que ella dibujaba lo que veía.- la voz de Irusail nos sorprendió a todos.
-         Si pero nunca había pasado más allá de la imagen del río, es la primera vez que va tan lejos.

Mi abuela se inclinó y sacó de debajo del sofá una caja. En ella había varias fotografías de mi misma dibujando en el aire la imagen de un río verdoso. Eran imágenes que ahora recordaba vagamente, siempre que había pasado algo de aquello había pensado que estaba loca. Tal vez la nueva realidad de mi vida explicaba muchas cosas sobre mí. La caja pasó por las manos de todos hasta que llegó de nuevo a mi abuela y esta volvió a dejarla bajo la cama.
-         aunque no sea en esa cueva pero debe entrar en contacto con el río.
-         Si tienes razón- contestó mi abuela.- Isil haz la maleta nos vamos.
-         ¿Cómo que nos vamos? ¿y mi hermana?- mi voz fue tan solo un susurro.
-         Lucía y Herat han ido a por ella, pronto se reunirán con nosotros. Vamos Isil es importante.
-         Mi hermana es mucho más importante que todo esto. No pienso ir, es más quiero ir en su busca.
-         Isil, no tenemos tiempo para discusiones tontas- el tono de mi abuela era sereno, aunque había una gota de tristeza en él. Una gota que era suficiente para que yo estuviese intranquila.
-         No es una tontería. Marina me necesita.- dije luché para no ponerme a llorar, o lo que era peor, a gritar.- dios… Claudia por favor.- aquella mujer a la que tanto quería se giró sorprendida al ver que la llamaba por su nombre. Pero siguió firme. No pude contenerme más-SI A TI NO TE IMPORTA A MI SÍ.- dí un golpe a un jarrón y este cayo al suelo rompiéndose en varios trozos.

Para cuando intenté tirar algo más tanto Irusail como Silvia estaban ya sobre mí, inmovilizándome. Ella se apoyó contra mi pecho cortándome la respiración y él me sujetó los pies y las manos. Me faltaba el oxígeno y mi cerebro ya no funcionaba correctamente. Pensé que había sido una manera estupenda de desmayarme y luego por fin caía en la negrura del inconsciente.