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Facebook: Marina García Gómez
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3 oct. 2010

cap 5

5

El agua caliente salía de la ducha, retirando la sal de mi cuerpo blanco. Eché hacia atrás la cabeza para que el agua me gotease por la espalda. El agua del mar me había dejado pequeñas costras de sal en la piel dibujando flores. Con el jabón retiré aquellos misteriosos dibujos salados y luego me sequé con una toalla. Mi habitación estaba perfectamente recogida y sobre la cama había una blusa roja semitransparente y una falda negra. Me vestí y sequé mi pelo negro con la toalla. El agua del mar había debilitado el tinte y lo había aclarado ligeramente. Escuché risas en el piso de abajo. Con un chasquido de mis dedos la puerta del baño y el espejo desaparecieron dejando la verde pared desnuda ante mí. Corriendo bajé las escaleras hasta llegar al primer piso.
Allí vi a Rosa con un Clisses negro hasta los tobillos con bordados amarillos que formaban una luna a la altura de su pecho. Detrás de ella se encontraba Raúl vestido también con la ropa sagrada de los sidazes. Por último entró por la puerta Irusail. Tenía tantas ganas de verle. No me había permitido a mi misma pensar mucho en él pero ahora que le tenía delante sentí el impulso de abrazarlo. Silvia debió tener el mismo puesto que se abalanzó sobre él, haciendo que soltase las maletas que agarraba. Él le devolvió el abrazo y yo me revolví inquieta. Al fin la apartó y me vio. Su cara se iluminó y sonrió. Soltó el resto de maletas y vino hacia mí. Sus brazos rodearon mi cintura y me elevaron. Yo rodee su cuello y lo sentí cerca, muy cerca. Tan solo estuvo fuera cuatro días pero lo había echado en falta. Me bajó al suelo y me soltó pero pegó sus labios a mi oreja y susurró.
-         ¿me has echado de menos princesita?
-         Por supuesto.
Su sonrisa era cegadora. Me sentía tan feliz de tenerlo allí de nuevo. Llevó las maletas a la habitación que le correspondía a él y a su familia mientras yo comía.


Volver a estar allí. No había pasado nada de tiempo desde que me fui, pero mi corazón me decía que debía volver. Y por supuesto estaba el hecho de verla a ella. Fue lo primero que busqué cuando llegué, pero Silvia se abalanzó sobre mí. En otras circunstancias la habría echado de menos, pero solo Isil había ocupado mi mente aquellos días. Cuando la vi observándonos a Silvia y a mí, la abracé con tanta fuerza como pude. Tanto fue así que la levanté del suelo. Ella me devolvió el abrazo. Fue como si ella me hubiese extrañado tanto como yo a ella. Como si nos necesitásemos.
Luego ella se marchó a comer y yo a la habitación doble que compartía con tía Rosa y con Raúl. La habitación era enorme y preciosa. Estaba formada por una habitación principal donde dormiríamos Raúl y yo, un baño y otra habitación un poco más pequeña para la tía Rosa. Ayudé a mi padre a colocar las cosas y luego coloqué las mías. Después de dos horas aquello era nuestra habitación. Así que salí en su busca para estar a solas con ella.
La encontré en el salón viendo con Ester la televisión. Su piel ya no era tan blanca, había cogido un poco de color. Seguramente habría estado bajando a la playa. Saltó del sofá en cuanto me vio y se acercó a la puerta del salón.
-         me preguntaba si querrías dar un paseo.- le dije poniéndole detrás de la oreja un mechón de pelo negro.
-         El camino de los acantilados es un buen lugar. Respondió.
Salimos de aquel palacete donde había tanta gente que pudiese vernos. Cuando nos encontramos lejos de la casa pasé un brazo alrededor de sus hombros. Durante un rato no nos dijimos nada nos bastó con mirar a ese bonito mar del color de sus ojos. Nos sentamos en un saliente de roca y contemplamos el mar. Bueno en realidad yo la contemplaba a ella. Era igual que el mar, sin duda en aquel momento se encontraba tranquila y suave y su pecho subía y bajaba de la misma manera que las olas que acariciaban el acantilado. Era una de las pocas veces que llevaba el pelo suelto y el aire jugaba con el formando figuras de seda negra. La blusa roja se le transparentaba dejando al descubierto un sujetador de encaje rojo y unas pequeñas bolas plateadas en la barriga. Presté más atención a ellas y pude ver que se trataba de un piercing.
-         ¿Qué miras?- preguntó entre risas.
-         No sabía que llevaras un piercing.
-         Si bueno, una que hace locuras.
-         ¿Cómo que locuras? ¿tienes más de esos?
-         No exactamente.- y se bajó la manga de la blusa mostrando el hombro desnudo. Pude ver una rosa dibujada en la piel. Era un tatuaje. Era como si la rosa siempre hubiese estado allí, como si fuese una marca que la definía.

Él observó mi tatuaje durante un rato e hizo algo que no me esperaba. Se acercó más a mi hombro y besó la pequeña rosa roja y negra de mi hombro. Pegue un brinco sorprendida al sentir sus labios sobre mi piel. El se irguió y me atrajo hacia él. Me giró sobre misma y besó la punta de mi nariz. Luego acarició co sus labios mis parpados y mis mejillas. Cerré los ojos con fuerza sintiendo mi cuerpo lleno de magia y deseo. Por fin nuestros labios se encontraron. Se cerraron fuertes sobre mi boca y me agarró con fuerza. Nos besamos dulcemente con miedo a romper lo que había entre nosotros y movidos por el deseo que nos consumía desde dentro.
Mi pierna comenzó a vibrar, Irusail se separó de mí pero no me soltó. Me miró divertido y entonces comprendí que lo que vibraba era mi móvil. Lo saqué del bolsillo de la falda y contesté.
-         ¿diga?- dije enfadada.
-         ¿Isil, eres tú?- la voz de Marco me llegó desde el otro lado.
Tragué saliva. Marco. Esto iba a ser difícil. Muy difícil.
-         si soy yo dime
-         ¿Cómo que dime? ¿Dónde estas? Hace dos semanas que no se nada de ti. Me tenias muy preocupado.
-         Lo siento Marco- Irusail me miraba al desconcertado.- es que he tenido problemas familiares. Estoy fuera de la ciudad y no pude avisarte de que me iba.
-         Claro. Pues por lo menos me podrías haber llamado al llegar he estado muy asustado- su voz estaba realmente alterada.
-         Ya te he dicho que lo siento. No puedo hacer más. Ya hablaremos cuando vuelva.
-         ¿Dónde estas?
-         No puedo decírtelo
-         Isil, no estoy para tonterías.
-         Yo tampoco, así que…- Irusail me arrebató el teléfono de las manos.
-         Perdona pero Isil está muy ocupada en este momento. Ya te llamará en cuanto pueda.-colgó el teléfono y se lo guardó.
Supe que hoy no llamaría a Marco y seguramente mañana tampoco. Dejé que el me acercase a sí. Nuestros cuerpos quedaron pegados y él me acarició la cara con las yemas de los dedos.
-         ¿por donde íbamos?- sus brazos me rodearon de nuevo- creo que por la parte que…
Me besó, pero con fuerza. Dejando claro todo y a la vez no dejando claro nada. No pude seguirle está vez no. No después de lo que había pasado con Marco. Irusail lo notó porque dejó de besarme y me miró. No tenía ganas de hablar de ello así que enterré mi cabeza en su pecho u le agarré fuerte temiendo perderlo. No me apartó, simplemente dejó que lo abrazase. Como no, me puse a llorar. No, no tenía sentido llorar. Marco era mi novio no Irusail. Era con él con quien debía estar. Pero tenía tantas ganas de besarle, de verle, de abrazarle… nunca había sentido por Marco lo que sentía por él y eso me hacía daño. No fui consciente de que volvía a besarle ni de que nos movíamos hasta que nos encontramos en mi cama. Simplemente le besé y me besó. Para cuando intenté llegar más lejos el me agarró fuerte la muñeca y me abrazó de nuevo. Nos dormimos en aquella habitación el uno junto al otro buscándonos en la oscuridad.

Un brisa marina entró por la ventana. Tuve frío a través de la blusa. Él se encontraba frente a mí. Con una mano me rodeaba la cintura y la otra acariciaba mi pelo. Sus ojos verdes me miraban buscando lágrimas en mi cara. Lágrimas que ya no derramaba.  Quería sonreírle pero no pude. Intenté decirle que estaba feliz de que estuviese conmigo, pero el nudo en la garganta me lo impidió. No tuve que decir nada. Porque Irusail habló y lo que dijo absorbió mi mente.
-         hoy te entregaras al Luipa.
Todo lo que dijese ya no lo escucharía solo podía pensar en el río y encontrarme con sus aguas subterráneas.
 El día pasó como si fuese un sueño que observara desde fuera. Todo el mundo me dijo lo importante que era ese día y lo poderosa que sería después de aquello. Pero yo sentía miedo. Estaba aterrorizada. El pánico me inundaba el cuerpo. No me molesté en fingir normalidad. Nadie me reprochó por ello. Por la noche ya estábamos en Lucentum.
Bajo una de las antiguas casa donde lo romanos habían vivido hace tantos años, encontramos la entrada. Efectivamente estaba en ruinas. Tardaron al menos una hora en poder abrir de nuevo aquel agujero. Descendimos por él a una cueva oscura. Laura y Ana me arrastraron a un lado de la cueva donde había un biombo. Me obligaron a ponerme un vestido blanco de estilo medieval muy ceñido al cuerpo y una tira de seda blanca atada a las muñecas. El otro lado de la cueva había cambiado mucho. La había llenado de velas y de flores. Mi abuela me tendió la mano y me acercó a la orilla del río.
Cuando el agua acarició mis tobillos quise más. Entonaron una canción. En un idioma que no reconocí, la canción sonó en mis oídos justo antes de sumergirme. Pensé que el río no sería muy profundo pero me equivoqué. El agua me arrastró hacia el fondo. Pensé que me ahogaría pero sentía los pulmones llenos de oxígeno. Mi vestido comenzó a moverse y mis piernas se unieron formando una sola que se convirtió en cola. Quise grita pero el agua impidió que el sonido saliese de mi boca. El agua formó un torbellino a mí alrededor.  Imágenes del río en todas las cuevas por el mundo afloraron en mi mente como si fuesen un documental. Seguí dando vueltas en aquel torbellino de agua mágica hasta que salí a la superficie.

Todos estábamos muy tensos. Cantábamos la canción del ritual para invocar al río. Isil desapareció entre las aguas oscuras del Luipa. Estuvo sumergida casi una hora. Nadie había tardado nunca tanto. Quería lanzarme a por ella y sacarla de allí pero sabía que ella ahora estaba en manos del río. Al fin emergió.
Lo primero que vi fueron unos rizos castaños. Su cabello había vuelto a su estado natural. Los ojos eran más grandes que nunca y las ojeras se le veían verdes. Una mirada de miedo le cruzó el rostro. Entonces supe que podía vernos tal y como éramos. Luego se miró, recubrió sus uñas verdes pudo comprobar que todas las cicatrices de su cuerpo eran del mismo color. Salió del agua arrastrando la cola mojada de su vestido. El vestido empapado se volvió transparente y pude ver que su tatuaje permanecía intacto en su hombro derecho. Claudia dio un paso al frente y se acercó a ella. Con sumo cuidado se arrodilló frente a su nieta y agachó la cabeza. Todos repetimos el mismo gesto y nos postramos ante nuestra princesa.
-         o vamos. Levantaos. No seáis imbéciles- y rompió a reír y con ella todos.
-         Isil ¿te encuentras bien?- preguntó Claudia.
-         Si lo único que os veo verdes.
-         Es como somos. Nuestra sangre es mágica y por eso todos los signos de nuestro cuerpo son verdes. Los labios, las ojeras, los golpes y los moratones.
Claudia tomó la mano de su nieta y la alzó, en el antebrazo derecho de la joven brillaba una cicatriz verde pistacho.
-         ¿ves?- dijo sonriendo- seguro que no era así como la recordabas.
-         Sinceramente no.
Una chica morena se acercó a ambas con una bata de seda en las manos.
-         debéis taparos. El agua del río se enfría antes que cualquier otra.
-         Como vuelvas a llamarme de usted, te juro que te mato aquí mismo.
La chica retrocedió asustada pero Claudia la detuvo con una mano.
-         no lo dice enserio- dijo sonriendo- puedes tutearle.
La chica avanzó hasta Isil y le colocó la bata de seda sobre el vestido. El grupo de gente se fue dispersando. Todo el mundo quería bañarse en el Luipa, era un milagro que estuviésemos allí y pudiésemos tocar su agua verde. Pronto el río estuvo lleno de sidazes, pero la familia real se mantenía a un lado observando a la princesa. Me acerqué a ellos y me integré. Silvia también se encontraba allí. Cuando estuve lo suficiente cerca escuche a Isil hablar sobre su experiencia.
-         pero abuela me salió… cola.- la expresión de Claudia era divertida, a diferencia de su nieta que seguía asustada.
-         Es normal. Los sidazes de la corte del Mar tenemos ese poder.
-         Dime que son alucinaciones que me produce el río. Dímelo.
-         No, no lo son. Cuando tu estés en el agua y te concentres podrás realizar el cambio y convertirte en sirena.
-         Estoy soñando.
-         No. Eres una sidaz, si pudiste entender eso debes entender tu transformación.
-         ¿somos los únicos?
-         No se que quieres decir.
-         ¿Todos los sidazes se convierten en sirenas?
-         Solo los de la corte del mar- y añadió- pero los de la corte del cielo pueden fabricar alas de águila y vista de la misma. Y los de la corte de la Tierra se convierten en perros.
-         De ahí la leyenda de los hombres lobo.
-         Exactamente.
-         Y los de la corte real marginados ¿no?
-         No, ellos pueden elegir cuando nacen en que quieren convertirse.
-         Bueno supongo que a estas alturas no debería sorprenderme.
Se marchó detrás del biombo y arrojó el vestido blanco. Cuando volvió al grupo llevaba solo la bata de seda, marcando todas las curvas de su cuerpo. Caminó hasta colocarse en el centro del círculo y habló.
-         entonces ¿ya esta?
-         No- el murmullo de su abuelo fue apenas perceptible.- todavía queda algo más.
Silvia sacó de una bolsa una bonita caja de plata y se la tendió. Cuando Isil la abrió todos nos quedamos maravillados. Con muchísimo cuidado lo extrajo y lo mostró. Se trataba de un tindri precioso. Era una piedra negra redonda bien pulida y en el centro la estrella de mar. El collar brillaba y debajo de la estrella se podía distinguir un ojo verde perfectamente dibujado. El sello real.
-         ¿Qué es esto?- intentó sonar autoritaria pero se le quebró la voz y yo supe que era de la emoción que el tindri le producía.
-         Es un tindri.
-         Un ¿qué?
-         Es un amuleto que canaliza tu poder. Todos llevamos el nuestro- dije y le enseñé la hebilla de mi cinturón donde había un estrella de mar.- nos identifica. ¿ves esto?- y señalé el ojo- es el sello real, significa que eres una princesa y esto- y señalé la estrella- que eres de la corte del Mar.
Ella nos miró a todos mientras le enseñábamos todos nuestro tindri. Cuando todo el mundo le hubo enseñado el suyo, se colgó el colgante al cuello.
-         ¿tengo que hacer algo más?- preguntó. Hice ademán de responder pero algo nos interrumpió.



Con lo nerviosa que estaba. Podía sentir los latidos de mi corazón en los oídos. Necesitaba salir a gritar. Pero no pude. De pronto unos ladridos nos interrumpieron. Varios perros entraron y se abalanzaron sobre nosotros. Varios de los sidazes intentaron salir del Luipa pero los perros los agarraron.
-         hay que sacar a Isil de aquí.- gritó una voz a mi espalda.
Unos brazos fuertes me agarraron por detrás y me alzaron. Salimos corriendo por el agujero en la roca y corrimos hasta llegar al principio de la ciudad. Moisés me dejó en el suelo.
-         ¿puedes correr?- asentí y seguimos corriendo hasta llegar a los coches.
Con nosotros venían Laura y Juan. Subimos a la furgoneta y Moisés arrancó. No sabía nada de lo que acababa de ocurrir, ni sabía donde estaba mi abuela, mi abuelo, Silvia e Irusail…


Eran perros. Perros de verdad no sidazes de la Tierra. Lo descubrí cuando intenté usar mi tindri para devolverle la forma humana a uno de ellos. El perro me mordió y el brazo comenzó a sangrarme. Le clavé la hebilla del cinturón junto a la oreja e hice un movimiento con la mano que lo lanzó por lo aires. Muchos sidazes corrían como locos intentando deshacerse de los lobos. Busqué a Isil con la mirada pero no la encontré. Una mano me asió fuerte de la camisa y tiró de mí. Choqué contra la pared y caí sobre varias velas que me quemaron la ropa.
-         shh- Silvia me ayudó a levantarme y señaló hacia un lado de la cueva.
Mi abuelo y David observaban la escena tranquilamente junto a la entrada de un túnel, por el que habrían entrado. Javier llevaba en el cinturón una pistola y varios cuchillos bastante afilados. Pero su expresión me demostró que no tenía intención de usarlos. Me pegué a la pared y seguí a Silvia hasta la entrada de otro túnel. De pronto volví a recordar que Isil estaba allí y salí corriendo hacia la multitud.
-         no- me avisó Silvia
-         tengo que encontrarla- fue casi una suplica
-         Moisés se la llevó. Ella está a salvo.
Dejé que me introdujese por el túnel. Si Isil estaba a salvo todo lo demás carecía de importancia. Salimos a la ciudad por un agujero en el techo del túnel. Lucentum parecía una triste silueta dibujada sobre la noche. Se oían los gritos de la cueva y el murmullo del Luipa para proteger a sus sidazes. Imaginé una escultura en aquella zona y la materialicé. La colocamos sobre el agujero y huimos de allí con la noche pisándonos los talones. Cuando llegamos a los coches comprobé que faltaban al menos tres. Recé para que en uno de ellos estuviese la princesa yendo a ponerse a salvo. Mi coche seguía allí negro fundiéndose con el cielo oscuro. Entramos en él y encendí el motor. Me dirigí hacia ninguna parte, lo primero que se me ocurrió fue conducir hasta mi casa, pero podrían rastrearla así que conduje a casa de Silvia.


Desperté en el coche. Laura estaba sentada a mi lado. Su cabeza descansaba sobre la ventanilla y dormía profundamente. Debía ser mediodía. El sol estaba en el punto más alto sobre nuestras cabezas y el calor era insoportable. Mi bata se pegaba a mi cuerpo. No llevaba más ropa debajo que las bragas y el sujetador.  Moisés y Juan hablaban en la parte delantera sobre el motor del coche.
-         ¿Dónde vamos?
Tanto Moisés como Juan dieron un brinco. Seguramente pensaban que aún dormía.
-         Isil- dijo Juan y soltó un suspiro- tu abuela ha dado la orden de alejarte el máximo posible.
-         Entiendo.
No se cuanto tiempo más pasamos en aquel coche. Viajábamos por carreteras secundarias, donde jamás vimos otro coche. Tan solo paramos a comer en una gasolinera. Laura se quedó conmigo en el coche, y Juan y Moisés nos trajeron bocadillos.
Me quedé dormida varias horas después de que anocheciera. Seguía llevando la bata con la que había escapado de la cueva y el tindri colgado del  cuello. Mis sueños fueron tranquilos sin muchas imágenes, algunas de cuando era pequeña hasta que la imagen se volvió blanca y regresó aquella canción.
“La luna te tiene presa.
Mi bebé duérmete ya
Y tendrás algo que ella querrá.
La luna me sube al cielo con ella,
Allí me encontrarás.
Mi bebé duérmete ya y a los
Pájaros escucharás.
El mar de fondo y te quiere,
Algún día lo tendrás.
Cuando llegue tu voz
Me llevara.
Mi bebé duérmete ya
Y las nubes surcaras.
Mi pobre ángel, mi princesita
Duérmete, duérmete ya.”

En el momento que terminó la canción el sueño se desvaneció y desperté. Dormía en una cama grande llena de cojines. Pude ver que compartía la cama con Laura que se revolvía a mi lado. Debía de tener un mal sueño porque sudaba y decía cosas. La habitación donde nos encontrábamos  estaba notablemente desordenada. Sobre el sillón la ropa negra se amontonaba. Los Clisses estaban notablemente arrugados después de un día entero de coche. Junto al sillón había un sofá de tapicería algo hortera donde dormían Juan y Moisés. Era la habitación de un hotel. Me asomé a la ventana y pude ver la carretera. Nada de aquel sitio me resultaba conocido. No se parecía a ningún sitio donde hubiese estado antes. Abrí los cristales que la formaban y deje que la ligera brisa me acariciara, me llegó el olor salado del mar por lo que debíamos estar cerca. La sensación de algo desconocido me abandonó enseguida sustituida por el anhelo de llegar al mar. Sabía que era una locura pero comencé a intentar salir por la ventana. Con un pie me impulsé y saqué el cuerpo por el hueco. El otro lo puse sobre el alfeizar y entonces salté.


Los padres de Silvia se alegraron mucho de vernos. Teresa su madre era tan guapa como la hija. Con sus piernas largas y sus preciosos ojos color chocolate. Estaba sentada sobre una silla de la cocina mientras Silvia le describía todo lo ocurrido. Para ser humanos eran unas personas bastante abiertas a todo nuestro mundo. Mi padre me dijo que Silvia había tenido mucha suerte porque con sus poderes en cualquier otra familia hubiese sido desastroso. A menudo comentaban que eran privilegiados porque el Luipa los hubiese bendecido con una hija medio sidaz. El padre compartía el pelo rubio de su hija y el amor por la lectura. Se encontraba en la silla contraría escuchando todo detalle. Sus gafas redondas reflejaban los ojos curiosos de un hombre que ama la magia.
-         y varios de los sidazes cayeron en el ataque.
-         Podemos ayudar. Llama al resto de las damas y les conseguiremos billetes de avión para el norte de Gran Bretaña. Allí hace años que Javier abandonó sus palacios.
-         Pero no puedo localizar a Ana y a Ester no se donde están.
-         Podemos rastrearlas.- dije no muy convencido de ello.
-         Sabes que nos llevaría más tiempo del que disponemos.
-         Si posiblemente se hayan ocultado bien.



No era consciente de lo alto que estaba la ventana, pero mi cuerpo estaba más que preparado para un caída mucho mayor que aquella. Con un movimiento cambié el peso del cuerpo y me preparé para caer agachada. Coloqué las manos a modo de escudo contra la cara y esperé el impacto. A través de las rendijas en los dedos pude ver una silueta moverse. Intenté girar pero ya era demasiado tarde. Caí sobre algo blando y suave. Rodé sobre mi misma para ver lo que era y me encontré con una cara conocida. Terriblemente conocida. Sus ojos verdes, sus pómulos altos y sus labios me llamaron.
-         Marco- exclamé- ¿qué haces aquí?


1 comentario:

  1. bueno pues de aki destacaría que tiene toques de humos como lo que "os veo verde" jeje sigue asi!!

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